filosofía

No procuro saber las respuestas sino comprender los interrogantes...

miércoles, 27 de junio de 2012

LA ÉTICA

 La ética trata de hechos, pero de hechos con relación a una norma o ley, norma o ley que dice lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Ética y sociedad El ámbito de la ética, es la sociedad. Esto está ya dicho en aquella famosa frase de Aristóteles de que el hombre es un «animal político», es decir, «social por naturaleza». Algunas veces la literatura se ha entre¬tenido en considerar al hombre como un «animal solitario». Pero esto es una ficción; un hombre completamente solitario dejaría de existir (la vida del hombre, que nace muy desvalido, necesita física y afectivamente el cuidado de otro ser humano; de la ma-dre o de alguien que realice este papel). No se puede vivir completamente fuera de la sociedad. «Los que no ejercen su plena actividad en la sociedad, que viven su vida fuera de la gran corriente de la vida social, quedan dismi¬nuidos como hombres» (F. J. -Shetd)-.Sin duda conocemos casos de hombres y mujeres que han elegido vivir aislados y apartados. Pero en estos casos hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ya habían recibido de la sociedad gran parte de lo que ha¬bían llegado a ser; y, en segundo lugar, que ese apartamiento era sólo una forma diversa de servir a los demás: así, en el caso de algunos hombres religiosos, o de grandes artistas o descubri¬dores o inventores. Ni siquiera Robinson Crusoe estaba solo; además de contar con la compañía de Viernes, logra sobrevivir al poner en práctica los conocimientos y las habilidades adqui¬ridos en su patria. Sólo los hombres viven en sociedad, son socios; los anima¬les viven en colmenas, rebaños, manadas o piaras. Este carácter de socio no anula en absoluto la persona humana. Se podría decir, sintéticamente, que su manera de ser persona es siendo socio. El hombre no se agota, por tanto, en el conjunto de las relaciones sociales de las que forma parte; pero, a la vez, es cierto que no puede vivir como auténtica persona sin esas re¬laciones sociales. Teniendo esto en cuenta, se deduce que no hay una distin¬ción neta y tajante entre la ética personal y la ética social. Toda consideración ética se refiere a la persona viviendo en socie¬dad que es el único modo en el que el hombre puede vivir. También las relaciones del hombre con Dios con el Dios al que puede llegar con la sola razón natural son a la vez rela¬ciones sociales; en primer lugar, porque se refieren a ese Otro que es Dios; en segundo lugar, porque hacen también referencia a los demás hombres, creados igualmente por Dios para que vivan en sociedad. Una ética exclusivamente individualista -que se desentiende de la sociedad- es un error; como lo es también toda ética exclusivamente colectivista, es decir, que anula la libertad y peculiaridad de la persona dentro del todo social. Importancia de la ética La ética no es una cosa abstracta desligada de la vida. Todo lo contrario. Continuamente estamos dando juicios éticos ¿Es bueno o es malo dominar de tal modo la naturaleza, de forma que la técnica estropee o arruine totalmente lo que tiene que ser el ámbito y el paisaje del hombre. ¿Es bueno o es malo considerar la vida humana como algo de lo que se puede disponer caprichosamente? ¿Qué decir tortura? ¿Qué decir del aborto? ¿La vida humana es algo que pertenece a cada persona o la sociedad o el Estado pueden disponer de ella? ¿Qué juicio hay que dar sobre la pena de muerte? La libertad es un valor humano. Sin embargo, ¿hasta qué punto es ético permitir que la libertad de unos se emplee en dañar a los demás? En el trato interpersonal, en las relaciones en el seno de la familia, en las relaciones de trabajo, en la vida política, en las relaciones internacionales se plantean continuamente problemas éticos o morales. Esto es tan importante que se puede decir, aun que varía con los tiempos, que resulta de un acuerdo expreso o tácito de los hombres, y que depende de las condiciones ma¬teriales de la vida, de los hábitos adquiridos, de la costumbre. ¿Puede ser esto así? Si fuera así, cualquier acto inmoral que no estuviese con¬templado como tal en las costumbres de una época determinada sería lícito. Así, en algunas épocas, algunos pueblos hacían sa¬crificios humanos, considerándolos buenos. Según este relati¬vismo que estamos comentando, si los consideraban buenos eran buenos. Por el mismo procedimiento, si con una hábil propa¬ganda se pusiera en práctica !a idea de matar a los débiles y minusválidos (como hizo el régimen de Hitler), aquello sería bueno. Este relativismo no tiene en cuenta que hay acciones que siempre y en todos los tiempos han sido consideradas malas por la mayor parte de las personas de todos los pueblos. Por ejem¬plo, matar al propio padre o madre; robar lo ajeno; no pagar el salario debido, etc. ¿No quiere decir esto que son aplicacio¬nes de los principios primeros y generales: haz el bien y evita el mal: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti? El hecho de que algunos o incluso muchos individuos -en esta época o en otra- no actúen así no quiere decir que la moral carezca de regla, norma o ley objetiva. En primer lugar, porque la mayor parte de los que actúan mal saben que están actuando mal; en segundo lugar, porque puede darse el caso de personas -o incluso de grupos enteros- moralmente dege¬nerados. La llamada regla de oro, ya tantas veces citada, es decir, «no hagas a otro lo que no quisieras que te hiciesen a ti» se encuen¬tra formulada, con independencia, por orientales como Confucio, por filósofos griegos como Platón, por escritores de todas las épocas. Todo nos lleva a concluir que el hombre acierta a dar con eso porque lleva eso escrito en su naturaleza. Es algo tan natural como el hábito de formular los primeros principios que, en otro orden de cosas, nos lleva a afirmar que «el todo es mayor que la parte». Tenemos que preguntarnos, por tanto, por el origen y el fun¬damento de esa coincidencia universal en los primeros principios de te moralidad y en los aspectos más generales de la ley moral. Ese origen y fundamento no puede ser una cultura, porque las normas éticas fundamentales se registran en todas las cultu¬ras a lo largo de la historia entera. Tampoco puede ser la evolución histórica, ya que en ese caso habría que pensar que la esclavitud era un hecho moral positivo en las épocas que lo consideraron así. Sabemos, sin em¬bargo, y nos consta por el testimonio de escritores de esos tiempos, que incluso cuando no se podía hacer nada concreto para abolir la esclavitud, había personas que la consideraron inmo¬ral. Es más, las conquistas éticas de ese tipo sólo pueden darse cuándo, en medio de una situación que acepta la injusticia, existen pioneros que, contra corriente, defienden la justicia. Para defender esa justicia no pueden apelar a la situación histórica, sino a los principios de la naturaleza humana. Tampoco está dictado lo ético por los condicionamientos so¬ciales, pues esto haría imposible de concebir la actuación de quie¬nes se oponen a esos condicionamientos, en el caso de que sean injustos, en nombre de algo incondicionado: la justicia. Todo esto nos lleva a concluir que el hombre puede descu¬brir con su razón, analizando precisamente lo que es ser hombre, la norma natural de moralidad, la ley moral natural, la ley natural. La ley moral no se ve en el mundo físico, en el reino de lo inanimado. Este ámbito está completamente sometido a la necesidad física. En él no hay libertad. No es injusto el mar porque la pleamar invada la tierra y la inunde. No es injusto el rayo porque caiga sobre un ser humano y lo mate. La ley moral natural no está tampoco en el mundo animal irracional. Los animales no son ni malos ni buenos. Obran na¬turalmente por instintos. En algunos animales esos instintos pue¬den domesticarse, pero el perro «fiel» no lo es porque se sepa con el deber moral ce la fidelidad, sino porque ha integrado, en el mundo ce sus instintos, la figura benéfica del amo. La ley moral natural sólo puede ser descubierta por el hom¬bre analizando al hombre, viendo que está dotado de inteligencia y de voluntad libre. Por la ley moral se sabe que no todo lo que se puede físicamente hacer (por ejemplo, quitar la vida a este otro hombre) se debe hacer. Cosas que se pueden hacer físicamente no se pueden hacer moralmente.

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