filosofía

No procuro saber las respuestas sino comprender los interrogantes...

viernes, 29 de junio de 2012

¿DEBE EL ESTADO OBEDECER A LA MORAL?

 No es tan necesario para un príncipe poseerlas todas las buenas cualidades) pero si que aparente tenerlas. Incluso me atrevo a decir que si efectivamente las tuviese y si las mostrase siempre en su proceder, le serán perjudiciales. Por el contrario aparentarlas siempre le es útil. Siempre es bueno parecer clemente, fiel, humano, religioso, sincero, incluso ser todo eso realmente pero al mismo tiempo tiene que ser lo bastante dueño de si mismo como para poder saber cuando es necesario mostrar las cualidades opuestas. Debemos comprender que no es posible para un príncipe y sobre todo para un príncipe nuevo, poseer en su conducta todo aquello que hace, a los hombres reputadas gentes de bien y que a menudo está obligado para mantener el Estado a actuar contra la humanidad, contra la caridad, incluso contra la religión. Es menester que tenga el ánimo puesto a cambiar según indiquen los vientos y accidentes de la fortuna, no debe apartarse del camino del bien, pero que sepa entrar en el del mal si fuese necesario. Debe tener cuidado de no dejar escapar una sola palabra que no esté llena de las cinco cualidades que acabo de mencionar, de forma que cuando le veamos o le escuchemos, le creamos lleno de dulzura, sinceridad, humanidad, honor y principalmente de religión ya que los hombres en general, juzgan mas por sus ojos que por sus manos, ya que el ver pertenece a todos, y a pocos el tocar. Todos ven lo que parece, pocos conocen en profundidad lo que eres, y ese pequeño grupo no osará jamás levantarse contra la opinión de la mayoría, sostenida por la majestad del soberano poder. Aun es más , en las acciones de los hombres, y sobre todo de los príncipes, que no pueden ser escrutadas ante un tribunal, lo que se considera es el resultado. Que el príncipe ponga cuidado únicamente en conservar su vida y su Estado, si lo logra, todos los medios que haya empleado serán juzgados honorables y alabados por todos. El vulgo siempre es seducido por la apariencia y el acontecimiento y ¿no es el vulgo quien hace el mundo?

MAQUIAVELO

 Aunque Maquiavelo nunca lo dijo, se le atribuye la frase "el fin justifica los medios", ya que resume muchas de sus ideas. Nicolás Maquiavelo nació y murió en Florencia de familia más noble que acaudalada. Maquiavelo es un pensador, pero sin un sistema filosófico concreto, un humanista con nostalgia de grandeza de la antigua Roma, patriota sin principios éticos y oportunista. No se distinguió ni por su amor ni por su respeto a sus semejantes. Procurar el bien moral o material del pueblo quedaba relegado frente al objetivo de afianzar el poder del déspota. El progreso en la historia depende de la acción del hombre y no de la intervención divina. Maquiavelo rechazó cuanto fuera idealismo y teoría y aplicó el sentido práctico. La política nada tenía que ver con la moral, le ética o la religión. Maquiavelo tiene una concepción totalmente diferente de la sociedad humana, para él, el hombre es perverso y egoísta, solo preocupado por su seguridad y por aumentar su poder sobre los demás, solo un estado fuerte gobernado por un príncipe astuto y sin escrúpulos morales, puede garantizar un orden social justo que frene la violencia. El príncipe o el gobernante, tiene como misión la felicidad de sus súbditos y ésta solo se puede conseguir con un Estado fuerte. Para conseguirlo tendrá que recurrir a la astucia, al engaño y si es necesario, a la crueldad. La virtud fundamental es la prudencia, para la conveniencia del Estado. Si el interés de la patria exige traición o perjuicio, se comete. La grandeza de los crímenes borrará la vergüenza de haberlos cometido, sostenía. Los medios no importan, no es necesaria la moral. Política y moral son ámbitos diferentes e incluso contradictorios. Aunque su obra El Príncipe estuvo dedicada a Lorenzo de Medici, duque de Urbino, Maquiavelo quiere presentar en su obra, el arquetipo de cualquier político. Su personalidad debe poseer condiciones especiales para llegar al poder y mantenerse en él. Capacidad de manipular situaciones, ayudándose de cuantos medios precise mientras consiga sus fines pues lo que vale es el resultado El gobernante debe poseer destreza intuición y tesón, así como habilidad para sortear obstáculos y moverse según soplan los vientos. Debe ser diestro en el engaño, no debe tener virtudes solo aparentarlas

miércoles, 27 de junio de 2012

LA ÉTICA

 La ética trata de hechos, pero de hechos con relación a una norma o ley, norma o ley que dice lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Ética y sociedad El ámbito de la ética, es la sociedad. Esto está ya dicho en aquella famosa frase de Aristóteles de que el hombre es un «animal político», es decir, «social por naturaleza». Algunas veces la literatura se ha entre¬tenido en considerar al hombre como un «animal solitario». Pero esto es una ficción; un hombre completamente solitario dejaría de existir (la vida del hombre, que nace muy desvalido, necesita física y afectivamente el cuidado de otro ser humano; de la ma-dre o de alguien que realice este papel). No se puede vivir completamente fuera de la sociedad. «Los que no ejercen su plena actividad en la sociedad, que viven su vida fuera de la gran corriente de la vida social, quedan dismi¬nuidos como hombres» (F. J. -Shetd)-.Sin duda conocemos casos de hombres y mujeres que han elegido vivir aislados y apartados. Pero en estos casos hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ya habían recibido de la sociedad gran parte de lo que ha¬bían llegado a ser; y, en segundo lugar, que ese apartamiento era sólo una forma diversa de servir a los demás: así, en el caso de algunos hombres religiosos, o de grandes artistas o descubri¬dores o inventores. Ni siquiera Robinson Crusoe estaba solo; además de contar con la compañía de Viernes, logra sobrevivir al poner en práctica los conocimientos y las habilidades adqui¬ridos en su patria. Sólo los hombres viven en sociedad, son socios; los anima¬les viven en colmenas, rebaños, manadas o piaras. Este carácter de socio no anula en absoluto la persona humana. Se podría decir, sintéticamente, que su manera de ser persona es siendo socio. El hombre no se agota, por tanto, en el conjunto de las relaciones sociales de las que forma parte; pero, a la vez, es cierto que no puede vivir como auténtica persona sin esas re¬laciones sociales. Teniendo esto en cuenta, se deduce que no hay una distin¬ción neta y tajante entre la ética personal y la ética social. Toda consideración ética se refiere a la persona viviendo en socie¬dad que es el único modo en el que el hombre puede vivir. También las relaciones del hombre con Dios con el Dios al que puede llegar con la sola razón natural son a la vez rela¬ciones sociales; en primer lugar, porque se refieren a ese Otro que es Dios; en segundo lugar, porque hacen también referencia a los demás hombres, creados igualmente por Dios para que vivan en sociedad. Una ética exclusivamente individualista -que se desentiende de la sociedad- es un error; como lo es también toda ética exclusivamente colectivista, es decir, que anula la libertad y peculiaridad de la persona dentro del todo social. Importancia de la ética La ética no es una cosa abstracta desligada de la vida. Todo lo contrario. Continuamente estamos dando juicios éticos ¿Es bueno o es malo dominar de tal modo la naturaleza, de forma que la técnica estropee o arruine totalmente lo que tiene que ser el ámbito y el paisaje del hombre. ¿Es bueno o es malo considerar la vida humana como algo de lo que se puede disponer caprichosamente? ¿Qué decir tortura? ¿Qué decir del aborto? ¿La vida humana es algo que pertenece a cada persona o la sociedad o el Estado pueden disponer de ella? ¿Qué juicio hay que dar sobre la pena de muerte? La libertad es un valor humano. Sin embargo, ¿hasta qué punto es ético permitir que la libertad de unos se emplee en dañar a los demás? En el trato interpersonal, en las relaciones en el seno de la familia, en las relaciones de trabajo, en la vida política, en las relaciones internacionales se plantean continuamente problemas éticos o morales. Esto es tan importante que se puede decir, aun que varía con los tiempos, que resulta de un acuerdo expreso o tácito de los hombres, y que depende de las condiciones ma¬teriales de la vida, de los hábitos adquiridos, de la costumbre. ¿Puede ser esto así? Si fuera así, cualquier acto inmoral que no estuviese con¬templado como tal en las costumbres de una época determinada sería lícito. Así, en algunas épocas, algunos pueblos hacían sa¬crificios humanos, considerándolos buenos. Según este relati¬vismo que estamos comentando, si los consideraban buenos eran buenos. Por el mismo procedimiento, si con una hábil propa¬ganda se pusiera en práctica !a idea de matar a los débiles y minusválidos (como hizo el régimen de Hitler), aquello sería bueno. Este relativismo no tiene en cuenta que hay acciones que siempre y en todos los tiempos han sido consideradas malas por la mayor parte de las personas de todos los pueblos. Por ejem¬plo, matar al propio padre o madre; robar lo ajeno; no pagar el salario debido, etc. ¿No quiere decir esto que son aplicacio¬nes de los principios primeros y generales: haz el bien y evita el mal: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti? El hecho de que algunos o incluso muchos individuos -en esta época o en otra- no actúen así no quiere decir que la moral carezca de regla, norma o ley objetiva. En primer lugar, porque la mayor parte de los que actúan mal saben que están actuando mal; en segundo lugar, porque puede darse el caso de personas -o incluso de grupos enteros- moralmente dege¬nerados. La llamada regla de oro, ya tantas veces citada, es decir, «no hagas a otro lo que no quisieras que te hiciesen a ti» se encuen¬tra formulada, con independencia, por orientales como Confucio, por filósofos griegos como Platón, por escritores de todas las épocas. Todo nos lleva a concluir que el hombre acierta a dar con eso porque lleva eso escrito en su naturaleza. Es algo tan natural como el hábito de formular los primeros principios que, en otro orden de cosas, nos lleva a afirmar que «el todo es mayor que la parte». Tenemos que preguntarnos, por tanto, por el origen y el fun¬damento de esa coincidencia universal en los primeros principios de te moralidad y en los aspectos más generales de la ley moral. Ese origen y fundamento no puede ser una cultura, porque las normas éticas fundamentales se registran en todas las cultu¬ras a lo largo de la historia entera. Tampoco puede ser la evolución histórica, ya que en ese caso habría que pensar que la esclavitud era un hecho moral positivo en las épocas que lo consideraron así. Sabemos, sin em¬bargo, y nos consta por el testimonio de escritores de esos tiempos, que incluso cuando no se podía hacer nada concreto para abolir la esclavitud, había personas que la consideraron inmo¬ral. Es más, las conquistas éticas de ese tipo sólo pueden darse cuándo, en medio de una situación que acepta la injusticia, existen pioneros que, contra corriente, defienden la justicia. Para defender esa justicia no pueden apelar a la situación histórica, sino a los principios de la naturaleza humana. Tampoco está dictado lo ético por los condicionamientos so¬ciales, pues esto haría imposible de concebir la actuación de quie¬nes se oponen a esos condicionamientos, en el caso de que sean injustos, en nombre de algo incondicionado: la justicia. Todo esto nos lleva a concluir que el hombre puede descu¬brir con su razón, analizando precisamente lo que es ser hombre, la norma natural de moralidad, la ley moral natural, la ley natural. La ley moral no se ve en el mundo físico, en el reino de lo inanimado. Este ámbito está completamente sometido a la necesidad física. En él no hay libertad. No es injusto el mar porque la pleamar invada la tierra y la inunde. No es injusto el rayo porque caiga sobre un ser humano y lo mate. La ley moral natural no está tampoco en el mundo animal irracional. Los animales no son ni malos ni buenos. Obran na¬turalmente por instintos. En algunos animales esos instintos pue¬den domesticarse, pero el perro «fiel» no lo es porque se sepa con el deber moral ce la fidelidad, sino porque ha integrado, en el mundo ce sus instintos, la figura benéfica del amo. La ley moral natural sólo puede ser descubierta por el hom¬bre analizando al hombre, viendo que está dotado de inteligencia y de voluntad libre. Por la ley moral se sabe que no todo lo que se puede físicamente hacer (por ejemplo, quitar la vida a este otro hombre) se debe hacer. Cosas que se pueden hacer físicamente no se pueden hacer moralmente.

martes, 26 de junio de 2012

EPICURO

Epicuro nació en Samos en 341 a.c. y murió en el 270 a.c., a pesar de no haber ejercido gran influencia en la filosofía posterior a su época, fueron estimadas sus máximas y respetadas por muchos de sus contemporáneos. Fue el creador de una comunidad denominada “el jardín”, puesto que era en el jardín de una casa que adquirió en Atenas, donde un grupo de hombres y de mujeres (cuestión novedosa para la época) se reunían para cultivar la amistad y la filosofía. Estas dos (amistad y filosofía) eran las claves para conseguir la felicidad y por consiguiente a ellas dedico su vida, como la filosofía permitía alcanzar la felicidad, toda persona debía acercarse a ella “ni el joven postergue el filosofar, ni el anciano se aburra de hacerlo”, pues nadie está fuera de lugar ni por muy joven ni por muy anciano, el buscar la tranquilidad del alma. Y quien dice o que no ha llegado el tiempo de filosofar o que ya se ha pasado, es semejante a quien dice que no ha llegado el tiempo de buscar la felicidad o que ya ha pasado, así deben filosofar ancianos y jóvenes, aquellos para enseñar a los jóvenes, y estos para reunir al mismo tiempo juventud y experiencia” No hay edad para buscar la felicidad así como no hay edad para filosofar, la doctrina epicúrea se basa en su ética basada en la concepción del bien como placer sereno y duradero principio y fin del vivir feliz. Felicidad es la conjunción de dos factores: A-Ataraxia B-Hedone La ataraxia es la ausencia de preocupaciones, el hedoné es el placer, es decir la tranquilidad del alma y la ausencia del dolor. Los principios para vivir una vida honesta son: 1-Creer que dios es un ser viviente, inmortal y bien aventurado, pero no darle no mas atributos que eso, por eso no debemos temerles, pues están demasiado alejados como para ello. 2-La muerte nada es contra nosotros, porque todo bien y todo mal residen en la sensibilidad y la muerte no es otra cosa que la pérdida de la sensibilidad. La muerte en nada nos pertenece, es tonto quien le teme a la muerte, no porque le entristezca su presencia sino porque sabe que va a venir y lo que no nos perturba en el presente tampoco debe perturbarnos en el futuro “la muerte, el más horrendo de los males en nada nos pertenece, pues mientras nosotros vivimos no ha llegado y cuando llego ya no vivimos”. El sabio no rechaza vivir ni teme no vivir. 3-El futuro ni depende enteramente de nosotros ni tampoco no es totalmente ajeno, de modo que no debemos desesperarnos como si este no fuera a venir nunca. Sabio es aquel que no le teme o que ha expulsado del todo temor, que no le teme a esas cosas. El placer es el principio y el fin del vivir felizmente, este es el bien primero y principal, de el provienen toda elección y rechazo. Todo deleite es un bien en la medida en que tenemos por compañera a la naturaleza, todo dolor es un mal pero no siempre debemos huir de todos los dolores, debemos discernir y juzgar las cosas respecto a su conveniencia o inconveniencia, es un gran bien contentarnos con lo suficiente, no porque siempre debamos tener poco sino para vivir con poco cuando no tenemos mucho. No son las relaciones sexuales ni el sabor de los manjares los que producen una vida feliz, sino un sobrio raciocinio. Hay tres tipos de placeres: 1-Naturales y necesarios, ejemplo: satisfacer nuestro apetito con comidas naturales. 2-Naturales y no necesarios, ejemplo: disfrutar de una comida apetitosa. 3-No naturales y no necesarios, ejemplo: Asistir a una obra de teatro. Los placeres que no son naturales son placeres vanos, debemos evitar los placeres vanos. Es muy importante ser prudente, la prudencia es la mayor virtud porque gracias a ella podemos elegir los placeres y evitar males futuros. Nadie puede vivir felizmente sin ser prudente, honesto y justo, la felicidad es inseparable de las virtudes. Todo placer es un bien, pero no se ha de elegir cualquier goce, debemos discernir las cosas por comparación y juzgarlas con respecto a su conveniencia o inconveniencia, Epicuro valora como placer fundamental la tranquilidad del alma (ataraxia) y la ausencia del dolor, el placer esta en el reposo, la ataraxia es decir ausencia de perturbaciones y aponía es decir ausencia de dolor son placeres estables en cambio el goce y la alegría son placeres en movimiento, cuando habla del placer como fin no habla precisamente de ellos. Ni la posesión de riquezas ni la obtención de cargos, o el poder producen la bienaventuranza sino la ausencia de dolor, la moderación en los afectos y la disposición de espíritu para que se mantenga en los límites impuestos por la naturaleza. Su ética es hedonista y es naturalista, identifica lo natural con lo bueno.

CARTA A MENECEO

Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven. Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir. Debemos meditar, por tanto, sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo poseemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible para obtenerla. Los principios que siempre te he ido repitiendo, practícalos y medítalos aceptándolos como máximas necesarias para llevar una vida feliz. Considera, ante todo, a la divinidad como un ser incorruptible y dichoso -tal como lo sugiere la noción común- y no le atribuyas nunca nada contrario a su inmortalidad, ni discordante con su felicidad. Piensa como verdaderos todos aquellos atributos que contribuyan a salvaguardar su inmortalidad. Porque los dioses existen: el conocimiento que de ellos tenemos es evidente, pero no son como la mayoría de la gente cree, que les confiere atributos discordantes con la noción que de ellos posee. Por tanto, impío no es quien reniega de los dioses de la multitud, sino quien aplica las opiniones de la multitud a los dioses, ya que no son intuiciones, sino presunciones vanas, las razones de la gente al referirse a los dioses, según las cuales los mayores males y los mayores bienes nos llegan gracias a ellos, porque éstos, entregados continuamente a sus propias virtudes, acogen a sus semejantes, pero consideran extraño a todo lo que les es diferente. Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehuye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca para remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehuye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer. El que exhorta al joven a una buena vida y al viejo a una buena muerte es un insensato, no sólo por las cosas agradables que la vida comporta, sino porque la meditación y el arte de vivir y de morir bien son una misma cosa. Y aún es peor quien dice: bello es no haber nacido pero, puesto que nacimos, cruzar cuanto antes las puertas del Hades Si lo dice de corazón, ¿por qué no abandona la vida? Está en su derecho, si lo ha meditado bien. Por el contrario, si se trata de una broma, se muestra frívolo en asuntos que no lo requieren. Recordemos también que el futuro no es nuestro, pero tampoco puede decirse que no nos pertenezca del todo. Por lo tanto no hemos de esperarlo como si tuviera que cumplirse con certeza, ni tenemos que desesperarnos como si nunca fuera a realizarse. Del mismo modo hay que saber que, de los deseos, unos son necesarios, los otros vanos, y entre los naturales hay algunos que son necesarios y otros tan sólo naturales. De los necesarios, unos son indispensables para conseguir la felicidad; otros, para el bienestar del cuerpo; otros, para la propia vida. De modo que, si los conocemos bien, sabremos relacionar cada elección o cada negativa con la salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo de una vida feliz, y con vistas a él realizamos todos nuestros actos, para no sufrir ni sentir turbación. Tan pronto como lo alcanzamos, cualquier tempestad del alma se serena, y al hombre ya no le queda más que desear ni busca otra cosa para colmar el bien del alma y del cuerpo. Pues el placer lo necesitamos cuando su ausencia nos causa dolor, pero, cuando no experimentamos dolor, tampoco sentimos necesidad de placer. Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor. Y, puesto que éste es el bien primero y connatural, por ese motivo no elegimos todos los placeres, sino que en ocasiones renunciamos a muchos cuando de ellos se sigue un trastorno aún mayor. Y muchos dolores los consideramos preferibles a los placeres si obtenemos un mayor placer cuanto más tiempo hayamos soportado el dolor. Cada placer, por su propia naturaleza, es un bien, pero no hay que elegirlos todos. De modo similar, todo dolor es un mal, pero no siempre hay que rehuir del dolor. Según las ganancias y los perjuicios hay que juzgar sobre el placer y el dolor, porque algunas veces el bien se torna en mal, y otras veces el mal es un bien. La autarquía la tenemos por un gran bien, no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que, si no tenemos mucho, con este poco nos baste, pues estamos convencidos de que de la abundancia gozan con mayor dulzura aquellos que mínimamente la necesitan, y que todo lo que la naturaleza reclama es fácil de obtener, y difícil lo que representa un capricho. Los alimentos frugales proporcionan el mismo placer que los exquisitos, cuando satisfacen el dolor que su falta nos causa, y el pan y el agua son motivo del mayor placer cuando de ellos se alimenta quien tiene necesidad. Estar acostumbrado a una comida frugal y sin complicaciones es saludable, y ayuda a que el hombre sea diligente en las ocupaciones de la vida; y, si de modo intermitente participamos de una vida más lujosa, nuestra disposición frente a esta clase de vida es mejor y nos mostramos menos temerosos respecto a la suerte. Cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y crápulas, como afirman algunos que desconocen nuestra doctrina o no están de acuerdo con ella o la interpretan mal, sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni los banquetes ni los festejos continuados, ni el gozar con jovencitos y mujeres, ni los pescados ni otros manjares que ofrecen las mesas bien servidas nos hacen la vida agradable, sino el juicio certero que examina las causas de cada acto de elección y aversión y sabe guiar nuestras opiniones lejos de aquellas que llenan el alma de inquietud. El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio -de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin ser feliz. Pues las virtudes son connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente se acompaña siempre de virtud. Porque, ¿A qué hombre considerarías superior a aquel que guarda opiniones piadosas respecto a los dioses, se muestra tranquilo frente a la muerte, sabe qué es el bien de acuerdo con la naturaleza, tiene clara conciencia de que el límite de los bienes es fácil de alcanzar y el límite de los males, por el contrario, dura poco tiempo, y comporta algunas penas; que se burla del destino, considerado por algunos señor absoluto de todas las cosas, afirmando que algunas suceden por necesidad, otras casualmente; otras, en fin, dependen de nosotros, porque se da cuenta de que la necesidad es irresponsable, el azar inestable, y, en cambio, nuestra voluntad es libre, y, por ello, digna de merecer repulsa o alabanza? Casi era mejor creer en los mitos sobre los dioses que ser esclavo de la predestinación de los físicos; porque aquéllos nos ofrecían la esperanza de llegar a conmover a los dioses con nuestras ofrendas; y el destino, en cambio, es implacable. Y el sabio no considera la fortuna como una divinidad -tal como la mayoría de la gente cree- , pues ninguna de las acciones de los dioses carece de armonía, ni tampoco como una causa no fundada en la realidad, ni cree que aporte a los hombres ningún bien ni ningún mal relacionado con su vida feliz, sino solamente que la fortuna es el origen de grandes bienes y de grandes calamidades. El sabio cree que es mejor guardar la sensatez y ser desafortunado que tener fortuna con insensatez. Lo preferible, ciertamente, en nuestras acciones, es que el buen juicio prevalezca con la ayuda de la suerte. Estos consejos, y otros similares medítalos noche y día en tu interior y en compañía de alguien que sea como tú, y así nunca, ni estando despierto ni en sueños, sentirás turbación, sino que, por el contrario, vivirás como un dios entre los hombres. Pues en nada se parece a un mortal el hombre que vive entre bienes imperecederos.

POLÍTICA EN PLATON

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y POLÍTICA En PLATÓN, como ya hemos señalado, están presentes desde el principio la crisis social y los problemas políticos de la polis ateniense a los que trata de dar una respuesta, buscando una fundamentación filosófica que per¬mita asegurar sobre bases firmes la idea del orden social. En ese sentido la ontología platónica, su teoría de las Ideas, constituye el fundamento de un sistema coherente que concluye en la figura del filósofo gobernante como único garante de una justa solución a los problemas de la polis. Dos son las tesis principales de la teoría política platónica: -El gobierno debe ser un arte basado en un conocimiento verdadero. -La sociedad es una mutua satisfacción de necesidades entre sus miembros, cuyas capacidades se complementan. La estratificación social Ambas tesis le llevan al planteamiento de una organización cerrada de la sociedad, estructurada en tres grupos bastante rígidos: - Productores (campesinos, artesanos y comerciantes). - Guardianes-guerreros. - Gobernantes-filósofos. La sociedad, organizada de este modo, se corresponde con la división tripartita del alma: en los productores domina la parte concupiscible del alma; en los guardianes, la parte irascible; y en los gobernantes, la racional. La justicia aparece como reguladora de las relaciones entre los individuos en el Estado, a la manera como ordena la relación armónica de las partes del alma en el individuo. Para PLATÓN sólo puede ser feliz la ciudad en la que cada cual cumple su misión conforme a este orden ideal. El gobierno corresponde a los mejores por sus capacidades naturales y su educación. La tarea del gobernante consiste en vigilar que este orden se mantenga, que cada parte cumpla su función y que cada individuo ocu¬pe el puesto que por aptitud natural le corresponde y reciba la educación adecuada a su posición en la sociedad. Esto explica que en PLATÓN encon¬tremos siempre vinculados los problemas antropológicos y los sociales, las cuestiones éticas y las políticas. La ciudad ideal En La República, PLATÓN expone su concepción de la organización social y política al hilo de una investigación sobre la justicia. Par-tiendo de una definición de justicia («dar a cada uno lo suyo») que PLATÓN, por boca de SÓCRATES, considera insatisfactoria, propone un análisis de qué es «lo justo» en el hombre y en la ciudad, para llegar a una definición satisfactoria de justicia. En este contexto expone el tema central del diálo¬go: la organización política ideal y la educación de los distintos tipos de ciudadanos, a la vez que realiza un análisis del alma humana y de los di¬versos tipos de individuos que originan los distintos grupos sociales. Tras hablar de los orígenes de la ciudad y de las necesidades básicas que debe satisfacer la organización social, expone la conveniencia de una especialización. Esta división del trabajo se hace en función de las disposiciones naturales que son las que determinan la diversificación de activida¬des de los ciudadanos. El intercambio mercantil va complicando progresivamente las necesida¬des de la ciudad y, como consecuencia, los distintos tipos de actividades de sus ciudadanos, así como la necesidad de nuevos territorios, lo que acaba conduciendo a las guerras y, por tanto, a la necesidad del ejército. Los guardianes Los «guardianes» o guerreros formarán, pues, una clase especial, de la que saldrán los gobernantes (los mejores entre los guardianes). PLATÓN dedica una gran parte de ha República a analizar las aptitudes naturales y a tra¬tar el problema de la educación de esta élite, así como de la de los gober¬nantes, porque de estos dos grupos dependerá principalmente el buen funcionamiento de la ciudad. Los guardianes deben tener un régimen especial de vida. Sólo a ellos obligan las exigencias de este primer esbozo de régimen comunista: se alo¬jarán separados del resto de los ciudadanos; no poseerán riquezas pro¬pias, ni tampoco vivienda privada, ni familia, ni mujeres en régimen de matrimonio monogámico permanente. Cuando se unan con mujeres éstas serán de su misma clase, y se preservará la pureza del grupo controlando la descendencia con medidas eugenésicas. No teniendo nada propio, la clase de los guardianes estará en mejores condiciones para cumplir su pa¬pel de exclusivos servidores de los intereses de la República. Los gobernantes En cuanto a los gobernantes, PLATÓN dedica a la descripción de las condi¬ciones que deben cumplir una parte muy extensa de La República. Su pro¬cedencia y selección, así como su educación ocupan en cierto modo el centro de sus preocupaciones, ya que la única justificación válida para lle¬gar a ser gobernante es la de contarse entre los mejores o los más sabios. Para PLATÓN solo el filósofo reúne todas estas cualidades y la solución para el buen gobierno de la ciudad es que sus gobernantes sean filósofos: A menos -proseguí- que los filósofos reinen en las ciudades o que cuantos aho¬ra se llaman reyes y dinastas practiquen adecuadamente la filosofía, que venga a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y que sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se encaminan separadamen¬te a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciuda¬des, ni tampoco, según creo, para los del género humano: ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra. Y he aquí lo que desde hace rato me infun¬día miedo decirlo: que veía que iba a expresar algo extremadamente paradójico, porque es difícil ver que ninguna otra ciudad, sino la nuestra, puede realizar la felicidad ni en lo público ni en lo privado. PLATÓN-. La República, libro VII, 473 d-e La educación de los gobernantes PLATÓN establece, pues, una relación entre saber y derecho, e Incluso deber, de gobernar, porque el papel que juegan estos gobernan¬tes es decisivo en la buena marcha de la ciudad, ya que son árbitros abso¬lutos de la vida política. Se trata de una especie de aristocracia basada en la capacidad intelectual y en la preparación científica. El filósofo-gobernante debe practicar la dialéctica, que es, como hemos visto, el método para alcanzar el grado supremo de saber en la jerarquía del conocimiento. Pero previo al estudio de la dialéctica, el filósofo debe estudiar las ciencias que PLATÓN considera fundamentales y algunas de las cuales forman parte de la preparación de los guerreros o guardianes: gimnasia, música, cálculo, aritmética, geometría y astronomía. La ciudad ideal requiere, poto su re¬alización, que codo ciudadano cum¬pla bien las funciones que le corres¬pondan. Detalle de un kylix, cerámi¬ca pintada, del s. VI a.C. Estas ciencias dejarían al alma a la puerta de la dialéctica, el camino y el estado del conocimiento que el filósofo debe alcanzar pero no para dis¬frute personal sino con el fin de que puedan devolver como gobernantes el cuidado y la educación que la ciudad les ha proporcionado: Es, pues, labor nuestra -dije yo-, labor de los fundadores, el obligar a las mejo¬res naturalezas a que lleguen al conocimiento del cual decíamos antes que era el más excelso, y vean el bien y verifiquen la ascensión aquella; y una vez que, después de haber subido, hayan gozado de una visión suficiente, no permitirles lo que ahora les está permitido. - ¿Y qué es ello? - Que se queden allí -dije- y no accedan a bajar de nuevo junto a aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus honores, sea mu¬cho o poco lo que éstos valgan. PLATÓN: La República, libro VI  Relaciones entre ética y política La división en clases que establece PLATÓN es regida y selectiva y los ciudadanos deben ser controlados para que ocupen el lugar que les corresponde de acuerdo con los intereses del Estado. Esto no significa que pueda haber una movilidad social en el sentido en que la entendemos hoy día. Ahora bien, dentro de la concepción platónica, los que controlan el poder son los que determinan quién forma parte de cada clase. A cada uno de estos grupos sociales corresponde según PLATÓN una virtud particular. La prudencia sería la virtud de los gobernantes, la valentía , la de los guerreros y la templanza, la de los agricultores y artesanos. Cada una de estas virtudes corresponde a un grupo social por ser la virtud que predomina en el alma de los hombres que integran ese grupo. Llega así a establecer una definición de la justicia («hacer cada uno lo suyo»), que era el propósito con l que se inició la investigación. Por tanto, para PLATÓN, la cuestión política es a la vez una cuestión ética, en cuanto que es propio de cada ciudadano practicar aquellas virtudes que corresponden al grupo social al que pertenece y en eso consiste la justicia. PLATÓN añade a la concepción socrática de la virtud como algo que el individuo es capaz de descubrir, que puede y debe ser enseñada, una dimensión social. Aparece así subordinada la ética a la política. No ha faltado quien haya visto en PLATÓN un precedente de una concepción totalitaria e incluso una justificación para sistemas inquisitoriales posteriores. Si bien lo que acabamos de decir es cierto, habrá que añadir, sin embargo, que en Las leyes, una de sus últimas obras, PLATÓN no sólo llegó a reconocer el carácter utópico de muchas de sus propuestas de La República, sino que volvió a conceder a la ley y al derecho el lugar que ocupaban en la estimación moral de los griegos según la cual tanto el gobernante como el súbdito le estaban sometidos. ACTIVIDADES 1-Realiza un resumen de la teoría política de PLATÓN teniendo en cuenta los tipos de ciuda¬danos que establece. 2-Analiza los criterios que da PLATÓN para la selección de los gobernantes, y el papel que desempeña la educación en la formación de los mismos.