filosofía

No procuro saber las respuestas sino comprender los interrogantes...

lunes, 8 de octubre de 2012

Sigmund Freud

"En tal caso la cultura no tendría ninguna necesidad de sustraer energía ala sexualidad. Pero esta situación tan loable no existe ni ha existido jamás, pues la realidad nos muestra que la cultura no se conforma con los vínculos de unión que hasta ahora le hemos concedido, sino que también pretende ligar mutuamente a los miembros de la comunidad con lazos libidinales, sirviéndose a tal fin de cualquier recurso, favoreciendo cualquier camino que pueda llegar a establecer potentes identificaciones entre aquéllos, poniendo en juego la máxima cantidad posible de libido con fin inhibido, para reforzar los vínculos de comunidad mediante los lazos amistosos. La realización de estos propósitos exige ineludiblemente una restricción de la vida sexual; pero aún no comprendemos la necesidad que impulsó a la cultura a adoptar este camino y que fundamenta su oposición a la sexualidad. Ha de tratarse, sin duda, de un factor perturbador que todavía no hemos descubierto.
Quizá hallemos la pista en uno de los pretendidos ideales postulados por la sociedad civilizada. Es el precepto «Amarás al prójimo como a ti mismo», que goza de universal nombradía y seguramente es más antiguo que el cristianismo, a pesar de que éste lo ostenta como su más encomiable conquista; pero sin duda no es muy antiguo, pues el hombre aún no lo conocía en épocas ya históricas. Adoptemos frente al mismo una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera: entonces no podremos contener un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo?
¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca por cualquier título. (Descarto aquí la utilidad que podría reportarme, así como su posible valor como objeto sexual, pues estas dos formas de vinculación nada tienen que ver con el precepto del amor al prójimo.) Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño y si no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia que hubiera adquirido para mi vida afectiva entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto si lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?
Examinándolo con mayor detenimiento, me encuentro con nuevas dificultades. Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que –para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona, no me demuestra la menor consideración.
Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo. Si se condujera de otro modo, si me demostrase consideración y respeto, a pesar de serle yo un extraño, estaría dispuesto por mi parte a retribuírselo de análoga manera, aunque no me obligara a ello precepto alguno. Aún más: si ese grandilocuente mandamiento rezara «Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti», nada tendría yo que objetar. Existe un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible y que despierta en mí una resistencia más violenta: «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero. Llegado aquí, creo oír una voz que, llena de solemnidad, me advierte: «Precisamente porque tu prójimo no merece tu amor y es más bien tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo.» Comprendo entonces que éste es un caso semejante al Credo quia absurdum. Ahora bien: es muy probable que el prójimo, si se le invitara a amarme como a mí mismo, respondería exactamente como yo lo hice, repudiándome con idénticas razones, aunque, según espero, no con igual derecho objetivo; pero él, a su vez, esperará lo mismo. Con todo, hay ciertas diferencias en la conducta de los hombres, calificadas por la ética como «buenas» y «malas», sin tener en cuenta para nada sus condiciones de origen. Mientras no hayan sido superadas estas discrepancias innegables, el cumplimiento de los supremos preceptos éticos significará un perjuicio para los fines de la cultura al establecer un premio directo a la maldad. No se puede eludir aquí el recuerdo de un sucedido en el Parlamento francés al debatirse la pena de muerte: un orador había abogado apasionadamente por su abolición y cosechó frenéticos aplausos, hasta que una voz surgida del fondo de la sala pronunció las siguientes palabras: Que messieurs les assassins commencent! La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? Por regla general, esta cruel agresión espera para desencadenarse a que se la provoque, o bien se pone al servicio de otros propósitos, cuyo fin también podría alcanzarse con medios menos violentos. En condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general la inhiben, también puede manifestarse espontáneamente, desenmascarando al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie. Quien recuerde los horrores de las grandes migraciones, de las irrupciones de los hunos, de los mogoles bajo Gengis Khan y Tamerlán, de la conquista de Jerusalén por los píos cruzados y aun las crueldades de la última guerra mundial, tendrá que inclinarse humildemente ante la realidad de esta concepción.
La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. El interés que ofrece la comunidad de trabajo no bastaría para mantener su cohesión, pues las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin; de ahí las restricciones de la vida sexual, y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, precepto que efectivamente se justifica, porque ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana. Sin embargo, todos los esfuerzos de la cultura destinados a imponerlo aún no han logrado gran cosa. Aquélla espera poder evitar los peores despliegues de la fuerza bruta concediéndose a sí misma el derecho de ejercer a su vez la fuerza frente a los delincuentes; pero la ley no alcanza las manifestaciones más discretas y sutiles de la agresividad humana. En un momento determinado, todos llegamos a abandonar, como ilusiones, cuantas esperanzas juveniles habíamos puesto en el prójimo; todos sufrimos la experiencia de comprobar cómo la maldad de éste nos amarga y dificulta la vida. Sin embargo, sería injusto reprochar a la cultura el que pretenda excluir la lucha y la competencia de las actividades humanas. Esos factores seguramente son imprescindibles; pero la rivalidad no significa necesariamente hostilidad: sólo se abusa de ella para justificar ésta.
Los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal."
Fragmento de El Malestar en la Cultura

San Agustin



"Con el amor al prójimo el pobre es rico..., sin él el rico es pobre...
Cuando amamos al hermano con amor verdadero..., le amamos con un amor que viene de Dios... Y el que no ama al hermano, no está en el amor..., y el que no está en el amor no está en Dios porque Dios es amor..." San Agustín de Hipona




Amor y felicidad verdadera
Los escritos de Agustín comienzan planteando la cuestión de cómo el ser humano puede encontrar la felicidad verdadera. Porque no hay ser humano ajeno al deseo de ser feliz. El deseo dice relación con el amoç pues nadie desea lo que no ama. El amor consiste en el deseo de identificarse con el objeto amado. Mas no todo tipo de deseo y amor es capaz de hacer feliz a una persona. Sólo un eterno e imperecedero bien nos puede hacer de verdad felices, pues únicamente tal bien excluye todo temor de perder el objeto amado. Dios solo puede garantizar una felicidad así. El amor nos une con Dios, nuestro eterno, imperecedero bien, y de esta manera nos hace partícipes de la eternidad de Dios. Esto sucede de acuerdo con el principio de que el ser humano viene a convertirse en lo que ama: ama la tierra, es tierra; ama a Dios eterno, y compartirá la eternidad de Dios.
Amor: el mensaje total de la Biblia
Según Agustín todo el mensaje de la Biblia podemos reducirlo a dos mandamientos: amor de Dios y amor del prójimo. Escribe: "Mi esperanza en el nombre de Cristo no es estéril, porque no sólo creo, Dios mío, que de los dos mandamientos del amor penden toda la Ley y los Profetas, sino que yo mismo he experimentado, y todavía lo experimento a diario, que ni siquiera un solo misterio u oscura palabra de la Sagrada Escritura me resulta claro, hasta no encuadrarlo en estos dos mandamientos". Agustín aquí se acomoda fielmente a la línea de pensamiento de 5. Pablo: El amor es el cumplimiento de la Ley (Rom 13, 10) y : El amor es el fin del mandato (1 Tim 1, 5). La palabra "fin" no quiere decir que el amor acaba con los demás mandamientos o que los anula, sino que el amor es la perfección de cualquier otro precepto con el que lo relacionemos. Estos dos mandamientos caracterizan tanto al Nuevo como al Antiguo Testamento. Por tanto las palabras de Cristo: "Os doy un mandato nuevo: amaos unos a otros como yo os he amado" (Jn 131, 34) no sólo renovaron a los Apóstoles o a nosotros, sino también a los patriarcas, profetas y santos que vivieron durante el tiempo de la Antigua Alianza.
Amar con amor de Dios
Dios es amor. Revelándose a Sí mismo como bueno y misericordioso, Dios se revela a Sí mismo como amor Esto equivale para nosotros a una interpelación, una exigencia y un mandato de amar a los seres humanos como Dios los ama. La más elevada forma de amar a los hermanos y hermanas reside en amarlos con el amor de Dios que nos ha sido dado por el Espíritu Santo. De ahí que nuestro amor es una participación del amor de Dios mismo que abarca a cualquier ser humano, incluso nuestro enemigo. Nuestro amor debe reflejar el amor de Dios. Cuando Agustín habla del amoç habla del amor como don divino, que capacita a la voluntad humana con un nuevo deseo, un luchar por la verdad divina, la sabiduría, la paz y la justicia. Amar con dicho amor excluye todo lo pecaminoso, es deciç
ansia posesiva o egoísta, orgullo, vanidad, propia alabanza u honor y buscar exclusivamente nuestro propio provecho. El hecho de ser el amor un don de Dios tiene su aplicación en primer lugar en amar por Dios, porque El solo puede darse a Sí mismo a nosotros. El nos ha amado primero. Y claro está, el mismo principio vale para amar al prójimo. El Espíritu Santo nos inflama para amar a nuestro prójimo. Según Agustín un mero amor natural de unos a otros no basta, porque entonces con facilidad descuidamos a Dios nuestro supremo bien. Amar a los otros como a nosotros mismos signifca que él o ella pueden encontrar su bien donde nosotros lo encontramos, es deciç en Dios. Sólo a esa luz podemos entender correctamente la famosa sentencia de Agustín: "Ama y haz lo que quieras, porque de esa raíz sólo puede nacer el bien". El amor es la norma más difícil que tenemos; jamás significa que somos libres para hacer lo que nos venga en gana.
Pasajera primacía del amor al prójimo
Visto a la luz de las consideraciones precedentes, Agustín propugna hasta una primacía pasajera del amor al prójimo. Pasajera quiere decir: aquí en la tierra, en caso de estar obligados a cuidar de nuestros semejantes. Desde luego que el amor de Dios tiene preferencia en cuanto mandamiento, pero también lo es que el amor al prójimo viene el primero en la práctica. Para amar a Dios hemos de empezar por amar al prójimo: "Estos mandamientos han de ser siempre meditados, ponderados, hemos de ser fieles a ellos, ponerlos en práctica, cumplirlos a plenitud. El amor de Dios viene en primer lugar en la clasificación de los mandamientos, mas el amor al prójimo tiene preferencia a la hora de la acción. Al amar a tu prójimo e interesarte por él, tú te pones en marcha. ¿A dónde podrías iç excepto ai Señor Dios?". El porqué de esto subyace en el hecho de que ambos amores se incluyen mutuamente y no se pueden separar. Por tanto basta con mencionar sólo uno de los dos. Apelando a la autoridad de
Pablo y Juan, Agustín saca la conclusión de que no sin motivo la Sagrada Escritura de ordinario expresa un mandamiento para ambos. La razón para ello aparece con claridad en el texto siguiente:
‘YPor qué Pablo en ambas cartas, a los Gálatas y a los Romanos, menciona únicamente el amor al prójimo? ¿No será porque, no poniéndose con tanta frecuencia a prueba el amor de Dios, nos podríamos engañar acerca de él? En cambio acerca del amor al prójimo nos pueden convencer con más facilidad de no amar a Dios al haber actuado injustamente hacia los demás. Mediante el precepto del amor al prójimo nos damos perfecta cuenta de los fallos. Algunos Gálatas caían en el engaño de pensar que amaban a Dios. El Apóstoi les demuestra claramente que no era así, a causa del odio reinante entre ellos.".Así pues, el amor al prójimo es la norma tangible del amor de Dios, pues gracias a su naturaleza práctica elimina todo posible autoengaño. El amor al prójimo es eJ modo más concreto y seguro de manifestar nuestro amor a Dios.
Todo hombre es mi hermano
« ¿Qué hay más cercano al hombre que el hombre mismo? » La experiencia espiritual de un cristiano no se vive en el aislamiento de una conciencia cerrada en sí misma. Tiene un lazo: la comunidad de los hombres reunidos por el Espíritu. « Me he unido a mis hermanos mucho más por el amor que por el genio. Y por eso he llegado a una más alta inteligencia del misterio de Dios. Dándome a mis hermanos, he experimentado la presencia del Espíritu y he percibido hasta qué punto el Espíritu cimienta mis cursos arrojando la luz de Cristo que respira amor . »
Lo que hace que el alma sea imagen de Dios- enseña san Agustín- es que tiene la capacidad de Dios: « Dios se pasea por nosotros si encuentra amplios espacios de amor. Un corazón dilatado por el amor se convierte en templo de Dios. Pero todos juntos- idea querida a san Agustín – somos también morada de Dios. Sí, piedras vivas de este templo cuando
hay amor mutuo... La comunión fraterna es el terreno privilegiado para que se opere y fructifique la gracia divina. « El ha bendecido la unidad; sé unidad y la bendición vendrá hasta ti . » « Ama y haz lo que quieras »: Basta amar. Amor que es a menudo experiencia de vida: « ¡Cómo se va uno a conmover al ver a un obrero privado de su salario si uno lo ha sido antes!>> El prójimo se encarna en la vida diaria, en los condicionamientos concretos. Es terriblemente concreto; el mismo término de « prójimo » se define en función de esta realidad: el prójimo no es solamente el que está cercano, pariente, amigo, compatriota, o el que piensa como yo: es el que debo amar y ayudar si lo necesita. Amor dinámico y creador. « Dios no pide nada imposible ; todo es fácil para el que ama . » Amar siempre da oportunidad y abre horizontes. Este amor gratuito es paradójicamente el que paga. Pues es preciso amar a todo hombre y a todos los hombres con un amor gratuito. No podemos dar porque se nos dé. « Dios que nos ha dado el ser nos da también ser buenos . »
Se sabe que san Agustín eligió comentar la primera carta de Juan « porque ante todo, es un elogio del amor ». Para él, se trataba de vivirlo, y de vivirlo juntos: « donde hay amor, hay paz »... No se cansará de decirlo: « Interroga a tu corazón: si encuentras el amor de tu hermano, está en paz... » Mensaje de esperanza para nuestro tiempo cuyo sueño de fraternidad y de paz polariza las mejores energías.


San Agustín nos dice: “a Dios nos acercamos no caminando, sino amando”.
Ahora bien ¿quién es mi prójimo? El común de las personas piensen que es solamente el más allegado, concretamente su familia, esposa, hijos, padres, consanguíneos etc. Y van paulatinamente enfriando su amor hacía sus semejantes, según distancia, tanto si son familiares como cualquier persona del mundo, hasta tal punto es así, que por el más distante y desconocido, no siente ni padece absolutamente nada. No se solidariza con sus alegrías y desconocido, no siente ni padece absolutamente nada. No se solidariza con sus alegrías y por supuesto mucho menos con sus desgracias.
Tremendo error tendremos un lugar preferente sólo por amor a nuestros más allegados, a nuestra familia carnal.
Dijese que estaba predicando, Jesús a las gentes cuando se le acerca uno y le dice:" ahí están tu madre y hermanos, que quieren verte”. El Divino maestro le replica: "¿quien es mi madre y mis hermanos, sino aquel, que - cumple con lo que manda mi padre?
En esta contestación de Cristo Jesús, queda claro que la familia carnal o de este mundo nO es necesariamente la celeste o eterna, pues allí no uniremos en familias espirituales, o del mismo nivel espiritual, totalmente diferente a la carnal de este mundo.
Concluyendo, amaremos de verdad a Dios, amando a nuestro prójimos, no solamente próximo sino a todo ser humano allí donde esté sin importarnos la distancia, el color, ni la raza! ámale! y entenderás el misterio del amor a Dios, al que no ves, con los ojos físicos, sino con los del alma.
A San Agustín se le representa con un libro y con un corazón en la mano; pues sobresalió por su sabiduría y amor. El doble amor a Dios y al prójimo, Mi amigo el teólogo parasicólogo me dice que san Agustín, nacido el 13 de noviembre de 354, está marcado por Escorpio y también por Libra, su signo dominante; de ahí su profundidad (Escorpio) y su carácter amoroso y su dominio de la palabra (libra), Dudó mucho (Libra) antes de convertirse; y después penetró los misterios cristianos (Escorpio). Por mi nombre de pila y estar unido a la Fraternidad Agustiniana, cumplo aquí mi deber con este gran doctor y buscador de la verdad.

Sartre


Existencialista ateo del siglo XX , sostiene que el hombre es un ser libre y es el resultado no solo de las circunstancias sino de las decisiones y elecciones, la decisión es lo que lo define, es acto de libertad.
Al ser libre es responsable de lo que elige, esa responsabilidad consiste en que solo yo respondo por mi decisión, no puedo echar a otro la culpa, ni a dios porque como es ateo no existe dios ni para echarle la culpa ni para protegerlo. Todo esto produce angustia en el hombre. La angustia es un estado de miedo, temor a equivocarse, no podemos culpar a las circunstancias.
Al enfrentar las circunstancias soy un ser libre, soy consciente, estoy desamparado porque no hay dios que me proteja, estoy solo entre los hombres.
Si hubiese dios no habría libertad, el hombre no podría hacer todo lo que hace por eso el ateísmo es necesario para el existencialismo, el existencialismo sostiene que el hombre es el único ser en que la existencia precede a la esencia, por la esencia se define el hombre por eso primero existe y luego se hace y forma su esencia, la esencia de alguien queda totalmente definida cuando muere.
El hombre nace siendo nada pero puede lograr todo.
Si se considera un objeto fabricado como un libro o un cortapapeles, este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto , se ha referido al concepto de cortapapeles e igualmente a una técnica de producción previa que forma parte de un concepto, es decir una especie de receta por lo tanto el cortapapeles es un objeto que se produce de una cierta manera y que tiene una utilidad definida de antemano por lo tanto el cortapapeles tiene primero esencia y luego existencia, la esencia del cortapapeles es el conjunto de recetas y cualidades que permiten producirlo y definirlo.
Tenemos así lo que Sartre llama una visión técnica del mundo (cuando la esencia precede a la existencia).
Cuando concebimos un dios creador y ese dios es pensado como un artesano superior, cualquiera sea la doctrina que se considere, cuando dios crea, sabe precisamente lo que crea, así el concepto de hombre en el espíritu de dios es comparable con el concepto de cortapapeles en el espíritu del industrial. Dios produce al hombre siguiendo técnicas y una concepción exactamente como el artesano fabrica un cortapapeles siguiendo una definición y una técnica.
El hombre es poseedor de una naturaleza humana, esta naturaleza humana que es el concepto humano se encuentra en todos los hombres lo que significa que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal. Esto se reconoce en Diderot, Voltaire e incluso en Kant.
“El existencialismo ateo que yo represento es más coherente”, el se auto declara ateo, de esta forma hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, es decir un ser que existe antes de ser definido, este ser es el hombre.
El hombre primero existe, se encuentra, surge en el mundo y se define después, es decir se hace.
Primero no se puede definir al hombre porque primero no es nada, el hombre nace siendo nada, no será más que después de sus actos y será tal como se habrá hecho.
Sartre sostiene que no hay naturaleza humana (como decían Diderot, Voltaire y Kant) porque no hay dios para concebirla.
El hombre no es otra cosa más que lo que él se hace y esto es lo que se llama subjetividad, el hombre primero existe, se lanza hacia un porvenir y es consciente de proyectarse en este porvenir y es un proyecto.
El existencialismo pone a todo hombre en posesión de lo que él es y hace cargar sobre él la responsabilidad total de sus actos.
El hombre no solo es responsable del mismo, de su estricta individualidad sino que es responsable de todos los hombres. El hombre se elige y al elegirse elige a todos los hombres, somos modelos, no hay ni uno solo de nuestros actos que no estén dentro de los parámetros de lo que queremos ser.
Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de eso que elegimos, jamás podemos elegir el mal, lo que elegimos es siempre el bien y no hay nada que pueda ser bueno para nosotros sin que lo sea para los demás.
Con nuestros actos creamos nuestra imagen, esta imagen es válida para todos en nuestra época, nuestra responsabilidad es mucho mayor que la que podemos suponer, el compromiso es enorme porque con cada uno de nuestros actos comprometemos a la humanidad entera.
Si soy obrero y elijo adherirme a un sindicato cristiano en lugar de un comunista, quiero indicar que la resignación es en el fondo la solución que conviene al hombre.
Acto más individual que casarme, que depende únicamente de mi situación, de mi pasión o de mi deseo, va a ser un acto que no me compromete solo a mí sino a la humanidad entera mostrando que la vía de la monogamia es la mejor.
Soy responsable por mí y por todos y creó una imagen o un modelo de hombre que yo elijo y eligiéndome, elijo al hombre.
Esto me trae angustia, desesperación porque la responsabilidad es muy grande y estoy desamparado.
El hombre es angustia, el hombre no solamente es aquel que elige ser sino su propio legislador y siente angustia y desesperación porque no puede escapar de su total y profunda responsabilidad. Aquel que dice no tener angustia en realidad la enmascaran, huyen de ella, es la gente que cuando se le pregunta por qué actúa así se encoje de hombros y responden que no todo el mundo actúa así.
Siempre debemos preguntarnos que pasaría si todo el mundo obrase así, el que lo hace tiene una especie de mala fe. El hombre es pura libertad por su obrar se define, primero existe luego se hace.
El hombre es tan libre que es imposible escapar de esa libertad absoluta que tiene.

viernes, 5 de octubre de 2012