filosofía

No procuro saber las respuestas sino comprender los interrogantes...

martes, 17 de agosto de 2010

¿CÓMO SE ORIGINA EL CONOCIMIENTO?

RACIONALISMO – El conocimiento se puede originar según los racionalistas por la razón, el fundador del racionalismo es Descartes una de sus obras más importantes son las meditaciones metafísicas donde afirma que a lo largo de su vida admitió como verdaderos una cantidad de opiniones falsas y que todo lo edificado hasta el momento era erróneo, el conocimiento tradicional ha mostrado no ser firme por eso es necesario empezar de nuevo desde los fundamentos.
Para eso necesita un método y ese método es la duda el método que propone Descartes tiene cuatro reglas.
1 – La del criterio de la verdad: es decir una pauta para distinguir le verdad de la falsedad. El criterio de verdad de Descartes es la evidencia racional es decir que una idea es verdadera cuando es evidente y es evidente cuando es clara y distinta. Una idea es clara cuando se manifiesta directamente al espíritu y es distinta cuando la idea solo incluye los elementos esenciales.
2 – Es el análisis: propone dividir cada cuestión hasta llegar a sus elementos más simples
3 – Síntesis: Es decir juntar de vuelta las cosas simples
4 – Enumeración: Propone revisar todo el proceso para evitar errores u omisiones

Descartes aplica su método en la búsqueda de alguna verdad fundamental básica e indubitable (de la cual no dude) sobre la cual edificar firmemente el saber.
No la encuentra en los datos proporcionados por los sentidos porque lo que me ha confundido por lo menos una vez puede que le siga confundiendo. Puede dudar de todo y dudando se da cuenta que piensa y porque piensa existe esa es su primera verdad.
“Pienso luego existo” a partir de ahí se derivan otras verdades como los de la existencia de dios o la del mundo.
Descartes es el primero en dar importancia al sujeto pensante, las ideas son innatas (antes de nacimiento).
La razón es la fuente y la base del conocimiento humano.
Nuestro conocimiento se funda o nace con la razón.
El racionalismo considera que el origen y fundamento del conocimiento no está en los sentidos, sino en la ideas de nuestra razón.




DESCARTES: MEDITACIONES METAFISICAS

PRIMERA DE LAS MEDITACIONES SOBRE LA METAFÍSICA,
“EN LAS QUE SE DEMUESTRA LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA DISTINCIÓN DEL ALMA Y DEL CUERPO”

Ya me percaté hace algunos años de cuántas opiniones falsas admití como verdaderas en la primera edad de mi vida y de cuán dudosas eran las que después construí sobre aquéllas, de modo que era preciso destruirlas de raíz para comenzar de nuevo desde los cimientos si quería establecer alguna vez un sistema firme y permanente; con todo, parecía ser esto un trabajo inmenso, y esperaba yo una edad que fuese tan madura que no hubiese de sucederle ninguna más adecuada para comprender esa tarea. Por ello, he dudado tanto tiempo, que sería ciertamente culpable si consumo en deliberaciones el tiempo que me resta para intentarlo. Por tanto, habiéndome desembarazado oportunamente de toda clase de preocupaciones, me he procurado un reposo tranquilo en apartada soledad, con el fin de dedicarme en libertad a la destrucción sistemática de mis opiniones.
Para ello no será necesario que pruebe la falsedad de todas, lo que quizá nunca podría alcanzar; sino que, puesto que la razón me persuade a evitar dar fe no menos cuidadosamente a las cosas que no son absolutamente seguras e indudables que a las abiertamente falsas, me bastará para rechazarlas todas encontrar en cada una algún motivo de duda. Así pues, no me será preciso examinarlas una por una, lo que constituiría un trabajo infinito, sino que atacaré inmediatamente los principios mismos en los que se apoyaba todo lo que creí en un tiempo, ya que, excavados los cimientos, se derrumba al momento lo que está por encima edifica-do.
Todo lo que hasta ahora he admitido como absolutamente cierto lo he percibido de los sentidos o por los sentidos; he descubierto, sin embargo, que éstos engañan de vez en cuando y es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez. Con todo, aunque a veces los sentidos nos engañan en lo pequeño y en lo lejano, quizás hay otras cosas de las que no se puede dudar aun cuando las recibamos por medio de los mismos, como, por ejemplo, que estoy aquí, que estoy sentado junto al fuego, que estoy vestido con un traje de invierno, que tengo este papel en las manos y cosas por el estilo. ¿Con qué razón se puede negar que estas manos y este cuerpo sean míos? A no ser que me asemeje a no sé qué locos cuyos cerebros ofusca un pertinaz vapor de tal manera atrabiliario que aseveran en todo momento que son reyes, siendo en realidad pobres, o que están vestidos de púrpura, estando desnudos, o que tienen una jarra en vez de cabeza, o que son unas calabazas, o que están creados de vidrio; pero ésos son dementes, y yo mismo parecería igualmente más loco que ellos si me aplicase sus ejemplos.
Perfectamente, como si yo no fuera un hombre que suele dormir por la noche e imaginar en sueños las mismas cosas y a veces, incluso, menos verosímiles que esos desgraciados cuando están despiertos. ¡Cuán frecuentemente me hace creer el reposo nocturno lo más trivial, como, por ejemplo, que estoy aquí, que llevo puesto un traje, que estoy sentado junto al fuego, cuando en realidad estoy echado en mi cama después de desnudarme! Pero ahora veo ese papel con los ojos abiertos, y no está adormilada esta cabeza que muevo, y consciente y sensible-mente extiendo mi mano, puesto que un hombre dormido no lo experimentaría con tanta claridad; como si no me acordase de que he sido ya otras veces engañado en sueños por los mismos pensamientos. Cuando doy más vueltas a la cuestión veo sin duda alguna que estar despierto no se distingue con indicio seguro del estar dormido, y me asombro de manera que el mismo estupor me confirma en la idea de que duermo.
Pues bien: soñemos, y que no sean, por tanto, verdaderos esos actos particulares; como, por ejemplo, que abrimos los ojos, que movemos la cabeza, que extendemos las manos; pensemos que quizá ni tenemos tales manos ni tal cuerpo. Sin embargo, se ha de confesar que han sido vistas durante el sueño como unas ciertas imágenes pintadas que no pudieron ser ideadas sino a la semejanza de cosas verdaderas y que, por lo tanto, estos órganos generales (los ojos, la cabeza, las manos y todo el cuerpo) existen, no como cosas imaginarias, sino verdaderas; puesto que los propios pintores ni aun siquiera cuando intentan pintar las sirenas y los sátiros con las formas más extravagantes posibles, pueden crear una naturaleza nueva en todos los conceptos, sino que entremezclan los miembros de animales diversos; incluso si piensan algo de tal manera nuevo que nada en absoluto haya sido visto que se le parezca ciertamente, al menos deberán ser verdaderos los colores con los que se componga ese cuadro. De la misma manera, aunque estos órganos generales (los ojos, la cabeza, las manos, etc.) puedan ser imaginarios, se habrá de reconocer al menos otros verdaderos más simples y universales, de los cuales como de colores verdaderos son creadas esas imágenes de las cosas que existen en nuestro conocimiento, ya sean falsas, ya sean verdaderas.
A esta clase parece pertenecer la naturaleza corpórea en general en su extensión, al mismo tiempo que la figura de las cosas extensas. La cantidad o la magnitud y el número de las mismas, el lugar en que estén, el tiempo que duren, etc.
En consecuencia, deduciremos quizá sin errar de lo anterior que la física, la astronomía, la medicina y todas las demás disciplinas que dependen de la consideración de las cosas compuestas, son ciertamente dudosas, mientras que la aritmética, la geometría y otras de este tipo, que tratan sobre las cosas más simples y absolutamente generales, sin preocuparse de si existen en realidad en la naturaleza / o no, poseen algo cierto e indudable, puesto que, ya esté dormido, ya esté despierto, dos y tres serán siempre cinco y el cuadrado no tendrá más que cuatro lados; y no parece ser posible que unas verdades tan obvias incurran en sospecha de falsedad.
No obstante, está grabada en mi mente una antigua idea, a saber, que existe un Dios que es omnipotente y que me ha creado tal como soy yo. Pero, ¿cómo puedo saber que Dios no ha hecho que no exista ni tierra, ni magnitud, ni lugar, creyendo yo saber, sin embargo, que todas esas cosas no existen de otro modo que como a mí ahora me lo parecen? ¿E incluso que, del mismo modo que yo juzgo que se equivocan algunos en lo que creen saber perfectamente, así me induce Dios a errar siempre que sumo dos y dos o numero los lados del cuadrado o realizo cualquier otra operación si es que se puede imaginar algo más fácil todavía? Pero quizá Dios no ha querido que yo me engañe de este modo, puesto que de él se dice que es sumamente bueno; ahora bien, si repugnase a su bondad haberme creado de tal suerte que siempre me equivoque, también parecería ajeno a la misma permitir que me engañe a veces; y esto último, sin embargo, no puede ser afirmado.
Habrá quizás algunos que prefieran negar a un Dios tan potente antes que suponer todas las demás cosas inciertas; no les refutemos, y concedamos que todo este argumento sobre Dios es ficticio; pero ya imaginen que yo he llegado a lo que soy por el destino, ya por casualidad, ya por una serie continuada de cosas, ya de cualquier otro modo, puesto que engañarse y errar parece ser una cierta imperfección, cuanto menos potente sea el creador que asignen a mi origen, tanto más probable será que yo sea tan imperfecto que siempre me equivoque. No sé qué responder a estos argumentos, pero finalmente me veo obligado a reconocer que de todas aquellas cosas que juzgaba antaño verdaderas no existe ninguna sobre la que no se pueda dudar, no por inconsideración o ligereza, sino por razones fuertes y bien meditadas. Por tanto, no menos he de abstenerme de dar fe a estos pensamientos que a los que son abiertamente falsos, si quiero encontrar algo cierto.
Con todo, no basta haber hecho estas advertencias, sino que es preciso que me acuerde de ellas; puesto que con frecuencia y aun sin mi consentimiento vuelven mis opiniones acostumbradas y atenazan mi credulidad, que se halla como ligada a ellas por el largo y familiar uso; y nunca dejaré de asentir y confiar habitualmente en ellas en tanto que las considere tales como son en realidad, es decir, dudosas en cierta manera, como ya hemos demostrado anteriormente, pero, con todo, muy probables, de modo que resulte mucho más razonable creerlas que negarlas. En consecuencia, no actuaré mal, según confío, si cambiando todos mis propósitos me engaño a mí mismo y las considero algún tiempo absolutamente falsas e imaginarias, hasta que al fin, una vez equilibrados los prejuicios de uno y otro lado, mi juicio no se vuelva a apartar nunca de la recta percepción de las cosas por una costumbre equivocada; ya que estoy seguro de que no se seguirá de esto / ningún peligro de error, y de que yo no puedo fundamentar más de lo preciso una desconfianza, dado que me ocupo, no de actuar, sino solamente de conocer.
Supondré, pues, que no un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar; creeré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todo lo externo no son más que engaños de sueños con los que ha puesto una celada a mi credulidad; consideraré que no tengo manos, ni ojos, ni carne, ni sangre, sino que lo debo todo a una falsa opinión mía; permaneceré, pues, asido a esta meditación y de este modo, aunque no me sea permitido conocer algo verdadero, procuraré al menos con resuelta decisión, puesto que está en mi mano, no dar fe a cosas falsas y evitar que este engañador, por fuerte y listo que sea, pueda inculcarme nada. Pero este intento está lleno de trabajo, y cierta pereza me lleva a mi vida ordinaria; como el prisionero que disfrutaba en sueños de una libertad imaginaria, cuando empieza a sospechar que estaba durmiendo, teme que se le despierte y sigue cerrando los ojos con estas dulces ilusiones, así me deslizo voluntariamente a mis antiguas creencias y me aterra el despertar, no sea que tras el plácido descanso haya de transcurrir la laboriosa velada no en alguna luz, sino entre las tinieblas inextricables de los problemas suscitados.

MEDITACIÓN SEGUNDA: “SOBRE LA NATURALEZA DEL ALMA HUMANA Y DEL HECHO DE QUE ES MÁS COGNOSCIBLE QUE EL CUERPO”
He sido arrojado a tan grandes dudas por la meditación de ayer, que ni puedo dejar de acordarme de ellas ni sé de qué modo han de solucionarse; por el contrario, como si hubiera caído en una profunda vorágine, estoy tan turbado que no puedo ni poner pie en lo más hondo ni nadar en la superficie. Me esforzaré, sin embargo, en adentrarme de nuevo por el mismo camino que ayer, es decir, en apartar todo aquello que ofrece algo de duda, por pequeña que sea, de igual modo que si fuera falso; y continuaré así hasta que conozca algo cierto, o al menos, si no otra cosa, sepa de un modo seguro que no hay nada cierto. Arquímedes no pedía más que un punto que fuese firme e inmóvil, para mover toda la tierra de su sitio; por lo tanto, he de esperar grandes resultados si encuentro algo que sea cierto e inconcuso.
Supongo, por tanto, que todo lo que veo es falso; y que nunca ha existido nada de lo que la engañosa memoria me representa; no tengo ningún sentido absolutamente: el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son quimeras. ¿Qué es entonces lo cierto? Quizá solamente que no hay nada seguro. ¿Cómo sé que no hay nada diferente de lo que acabo de mencionar, sobre lo que no haya ni siquiera ocasión de dudar? ¿No existe algún Dios, o como quiera que le llame, que me introduce esos pensamientos? Pero, ¿por qué he de creerlo, si yo mismo puedo ser el promotor de aquéllos? ¿Soy, por lo tanto, algo? Pero he negado que yo tenga algún sentido o algún cuerpo; dudo, sin embargo, porque, ¿qué soy en ese caso? ¿Estoy de tal manera ligado al cuerpo y a los sentidos, que no puedo existir sin ellos? Me he persuadido, empero, de que no existe nada en el mundo, ni cielo ni tierra, ni mente ni cuerpo; ¿no significa esto, en resumen, que yo no existo? Ciertamente existía si me persuadí de algo. Pero hay un no sé quién engañador sumamente poderoso, sumamente listo, que me hace errar siempre a propósito. Sin duda alguna, pues, existo yo también, si me engaña a mí; y por más que me engañe, no podrá nunca conseguir que yo no exista mientras yo siga pensando que soy algo. De manera que, una vez sopesados escrupulosamente todos los argumentos, se ha de concluir que siempre que digo «Yo soy, yo existo» o lo concibo en mi mente, necesariamente ha de ser verdad. No alcanzo, sin embargo, a comprender todavía quién soy yo, que ya existo necesariamente; por lo que he de procurar no tomar alguna otra cosa imprudentemente en lugar mío, y evitar que me engañe así la percepción que me parece ser la más cierta y evidente de todas. Recordaré,
Por tanto, qué creía ser en otro tiempo antes de venir a parar a estas meditaciones; por lo que excluiré todo lo que, por los argumentos expuestos, pueda ser combatido, por poco que sea, de manera que sólo quede en definitiva lo que sea cierto e inconcuso. ¿Qué creí entonces ser? Un hombre, naturalmente. Pero ¿qué es un hombre? ¿Diré que es un animal racional? No, puesto que se habría de investigar qué es animal y qué es racional, y así me deslizaría de un tema a varios y más difíciles, y no me queda tiempo libre como para gastarlo en sutilezas de este tipo. Con todo, dedicaré mi atención en especial a lo que se me ocurría espontánea-mente siguiendo las indicaciones de la naturaleza siempre que consideraba que era. Se me ocurría, primero, que yo tenía cara, manos, brazos y todo este mecanismo de miembros que aún puede verse en un cadáver, y que llamaba cuerpo. Se me ocurría además que me alimentaba, que comía, que sentía y que pensaba, todo lo cual lo refería al alma. Pero no advertía qué era esa alma, o imaginaba algo ridículo, como un viento, o un fuego, o un aire que se hubiera difundido en mis partes más imperfectas. No dudaba siquiera del cuerpo, sino que me parecía conocer definidamente su naturaleza, la cual, si hubiese intentado especificarla tal como la concebía en mi mente, la hubiera descrito así: como cuerpo comprendo todo aquello que está determinado por alguna figura, circunscrito en un lugar, que llena un espacio de modo que excluye de allí todo otro cuerpo, que es percibido por el tacto, la vista, el oído, el gusto, o el olor, y que es movido de muchas maneras, no por sí mismo, sino por alguna otra cosa que le toque; ya que no creía que tener la posibilidad de moverse a sí mismo, de sentir y de pensar, podía referirse a la naturaleza del cuerpo; muy al contrario, me admiraba que se pudiesen encontrar tales facultades en algunos cuerpos.
Pero, ¿qué soy ahora, si supongo que algún engañador potentísimo, y si me es permitido decirlo, maligno, me hace errar intencionadamente en todo cuanto puede? ¿Puedo afirmar que tengo algo, por pequeño que sea, de todo aquello que, según he dicho, pertenece a la naturaleza del cuerpo? Atiendo, pienso, doy más y más vueltas a la cuestión: no se me ocurre nada, y me fatigo de considerar en vano siempre lo mismo. ¿Qué acontece a las cosas que atribuía al alma, como alimentarse o andar? Puesto que no tengo cuerpo, todo esto no es sino ficción. ¿Y sentir? Esto no se puede llevar a cabo sin el cuerpo, y además me ha parecido sentir muchas cosas en sueños que he advertido más tarde no haber sentido en realidad. ¿Y pensar? Aquí encuéntrome lo siguiente: el pensamiento existe, y no puede serme arrebatado; yo soy, yo existo: es manifiesto. Pero ¿por cuánto tiempo? Sin duda, en tanto que pienso, puesto que aún podría suceder, si dejase de pensar, que dejase yo de existir en absoluto. No admito ahora nada que no sea necesariamente cierto; soy por lo tanto, en definitiva, una cosa que piensa, esto es, una mente, un alma, un intelecto, o una razón, vocablos de un significado que antes me era desconocido. Soy, en consecuencia, una cosa cierta, y a ciencia cierta existente. Pero, ¿qué cosa? Ya lo he dicho, una cosa que piensa.
¿Qué más? Supondré que no soy aquella estructura de miembros que se llama cuerpo humano; que no soy un cierto aire impalpable difundido en mis miembros, ni un viento, ni un fuego, ni un vapor, ni un soplo, ni cualquier cosa que pueda imaginarme, puesto que he considerado que estas cosas no son nada. Mi suposición sigue en pie, y, con todo, yo soy algo. ¿Sucederá quizá que todo esto que juzgo que no existe porque no lo conozco no difiera en realidad de mí, de ese yo que conozco? No lo sé, ni discuto sobre este tema: ya que solamente puedo juzgar aquello que me es conocido. Conozco que existo; me pregunto ahora ¿quién, pues, soy yo que he advertido que existo? Es indudable que este concepto, tomado estrictamente así, no depende de las cosas que todavía no sé si existen, y por lo tanto de ninguna de las que me figuro en mi imaginación. Este verbo «figurarse» me advierte de mi error; puesto que me figuraría algo en realidad en el caso de que imaginase que yo soy algo, puesto que imaginar no es otra cosa que contemplar la figura o la imagen de una cosa corpórea. Pero sé ahora con certeza que yo existo, y que puede suceder al mismo tiempo que todas estas imágenes y, en general, todo lo que se refiere a la naturaleza del cuerpo no sean sino sueños. Advertido lo cual, no me parece que erraré menos si digo: «imaginaré, para conocer con más claridad quién soy», que si supongo: «ya estoy despierto, veo algo verdadero, pero puesto que no lo veo de un modo definido, me dormiré intencionadamente para que los sueños me lo representen con más veracidad y evidencia». Por lo tanto, llego a la conclusión de que nada de lo que puedo aprehender por medio de la imaginación atañe al concepto que tengo de mí mismo, y de que se ha de apartar la mente de aquello con mucha diligencia, para que ella misma perciba su naturaleza lo más definidamente posible.
¿Qué soy? Una cosa que piensa. ¿Qué significa esto? Una cosa que duda, que conoce, que afirma, que niega, que quiere, que rechaza, y que imagina y siente.
No son pocas, ciertamente, estas cosas si me atañen todas. Pero ¿por qué no han de referirse a mí? ¿No dudo acaso de casi todas las cosas; no conozco algo, sin embargo, y afirmo que esto es lo único cierto y niego lo demás; no deseo saber algo, aunque no quiero engañarme; no imagino muchas cosas aun sin querer, y no advierto que muchas otras proceden como de los sentidos? ¿Qué hay entre estas cosas, aunque siempre esté dormido, y a pesar de que el que me ha creado me haga engañarme en cuanto pueda, que no sea igualmente cierto que el hecho de que existo? ¿Qué es lo que se puede separar de mi pensamiento? ¿Qué es lo que puede separarse de mí mismo? Tan manifiesto es que yo soy el que dudo, el que conozco y el que quiero, que no se me ocurre nada para explicarlo más claramente. Por otra parte, yo soy también el que imagino, dado que, aunque ninguna cosa imaginada sea cierta, existe con todo el poder de imaginar, que es una parte de mi pensamiento. Yo soy igualmente el que pienso, es decir, advierto las cosas corpóreas como por medio de los sentidos, como, por ejemplo, veo la luz, oigo un ruido y percibo el calor. Todo esto es falso, puesto que duermo; sin embargo, me parece que veo, que oigo y que siento, lo cual no puede ser falso, y es lo que se llama en mí propiamente sentir; y esto, tomado en un sentido estricto, no es otra cosa que pensar.
A partir de lo cual empiezo a conocer un poco mejor quién soy; sin embargo, me parece (y no puedo dejar de creerlo) que las cosas corpóreas, cuyas imágenes forma el pensamiento, son conocidas con mayor claridad que este no sé qué mío que no se halla bajo mi imaginación, aunque sea en absoluto asombroso que pueda aprehender con mayor evidencia las cosas desconocidas, ajenas a mí, y que reconozco que son falsas, que lo que es verdadero, lo que es conocido, que yo mismo, en definitiva. Pero ya veo lo que ocurre: mi mente se complace en errar y no soporta estar circunscrita en los límites de la verdad. Sea, pues, y dejémosle todavía las riendas sueltas para que pueda ser dirigida si se recogen oportunamente poco después.
Pasemos a las cosas que, según la opinión general, son aprehendidas con mayor claridad entre todas: es decir, los cuerpos que tocamos y vemos; no los cuerpos en general, ya que estas percepciones generales suelen ser un tanto más confusas, sino tan sólo en particular. Tomemos, por ejemplo, esta cera: ha sido sacada de la colmena recientemente, no ha perdido todo el sabor de su miel y retiene algo del olor de las flores con las que ha sido formada; su color, su figura y su magnitud son manifiestos; es dura, fría, se toca fácilmente y si se la golpea con un dedo emitirá un sonido; tiene todo lo que en resumidas cuentas parece requerirse para que un cuerpo pueda ser conocido lo más claramente posible. Pero he aquí que mientras hablo se la coloca junto al fuego; desaparecen los restos de sabor, se desvanece la figura, su magnitud crece, se hace líquida y cálida; apenas puede tocarse y no emitirá un sonido si se la golpea. ¿Queda todavía la misma cera? Se ha de confesar que sí: nadie lo niega ni piensa de manera distinta. ¿Qué existía, por tanto, en aquella cera que yo aprehendía tan claramente? Con seguridad, nada de lo que aprecié con los sentidos, puesto que todo lo que excitaba nuestro gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído se ha cambiado; pero con todo, la cera permanece.
Quizás era lo que pienso ahora: que la cera misma no consiste en la dulzura de la miel, en la fragancia de las flores ni en su blancura, ni en su figura ni en el sonido, sino que es un cuerpo que hace poco se me mostraba con unas cualidades y ahora con otras totalmente distintas. ¿Qué es estrictamente eso que así imagino? Pongamos nuestra atención y, dejando aparte todo lo que no se refiera a la cera, veamos qué queda: nada más que algo extenso, flexible y mudable. ¿Qué es ese algo flexible y mudable? ¿Quizá lo que imagino, es decir, que esa cera puede pasar de una forma redonda a una cuadrada y de ésta a su vez a una triangular? De ningún modo, puesto que me doy cuenta de que la cera es capaz de innumerables mutaciones de este tipo y de que yo, sin embargo, no puedo imaginarlas todas; por tanto, esa aprehensión no se realiza por la facultad de imaginar. ¿Qué es ese algo extenso? ¿No es también su extensión desconocida? Puesto que se hace mayor si la cera se vuelve líquida, mayor todavía si se la hace hervir, y mayor aún si el calor aumenta; y no juzgaría rectamente qué es la cera si no considerase que ésta admite más variedades, según su extensión, de las que yo haya jamás abarcado con la imaginación. Hay que conceder, por tanto, que yo de ninguna manera imagino qué es esta cera, sino que la percibo únicamente por el pensamiento. Me refiero a este pedazo de cera en particular, ya que ello es más evidente todavía en la cera en general. Así pues, ¿qué es esta cera que no se percibe sino mediante la mente? La misma que veo, que toco, que imagino, la misma finalmente que creía que existía desde un principio. Pero lo que se ha de notar es que su percepción no es visión, ni tacto, ni imaginación, ni lo ha sido nunca, sino solamente una inspección de la razón, que puede ser imperfecta o confusa como era antes, o clara y definida como ahora, según atiendo más o menos a los elementos de que consta.
Me admira ver cuán propensa es mi mente a los errores, porque, aunque piense esto calladamente y sin emitir sonidos, me confundo sin embargo en los propios vocablos y me engaño en el uso mismo de la palabra. Afirmamos, en efecto, que nosotros vemos la cera en sí si está presente, y que no deducimos que está presente por el color o la figura; de donde yo concluiría al punto que la cera es aprehendida por los ojos y no únicamente por la razón, si no viese desde la ventana los transeúntes en la calle, que creo ver no menos usualmente que la cera. Pero, ¿qué veo excepto sombreros y trajes en los que podrían ocultarse unos autómatas? Sin embargo, juzgo que son hombres. De este modo lo que creía ver por los ojos lo aprehendo únicamente por la facultad de juzgar que existe en mi intelecto.
Pero un hombre que desea saber más que el vulgo debe avergonzarse de encontrar duda en las maneras de hablar del vulgo; atendamos, por tanto, a la pregunta: ¿En qué momento percibí la cera más perfecta y evidentemente, cuando la vi por primera vez y creí que la conocía por el mismo sentido externo o al menos por el sentido común, es decir, por la potencia imaginativa, o cuando investigué con más diligencia no sólo qué era sino de qué modo era conocida? Dudar de esto sería necio, pues ¿qué hubo definido en la primera percepción? ¿Y qué hubo que no se admita que lo pueda tener otro animal cualquiera? Por el contrario, cuando separo la cera de las formas externas y la considero como desnuda y despojada de sus vestiduras, entonces, aunque todavía pueda existir algún error en mi juicio, no la puedo percibir sin el espíritu humano.
¿Qué diré por último de ese mismo espíritu, es decir, de mí mismo? En efecto, no admito que exista otra cosa en mí a excepción de la mente. ¿Qué diré yo, por tanto, que creo percibir con tanta claridad esa cera? ¿Es que no me conozco a mí mismo no sólo con mucha más certeza y verdad sino también más definida y evidentemente? Pues si juzgo que la cera existe a partir del hecho de que la veo, mucho más evidente será que yo existo a partir del mismo hecho de que la veo. Puede ser que lo que veo no sea cera en realidad; puede ser que ni siquiera tenga ojos con los que vea algo, pero no puede ser que cuando vea o —lo que ya no distingo— cuando yo piense que vea, yo mismo no sea algo al pensar. Del mismo modo, si juzgo que la cera existe del hecho de que la toco, se deducirá igualmente que yo existo. Lo mismo se concluye del hecho de imaginar de cualquier otra causa. Esto mismo que he hecho constar de la cera es posible aplicarlo a todo lo demás que está situado fuera de mí. Por tanto, si la percepción de la cera parece ser más clara una vez que me percaté de ella no sólo por la vista y por el tacto sino por más causas, ¡con cuánta mayor evidencia se ha de reconocer que me conozco a mí mismo, puesto que no hay ningún argumento que pueda servirme para la percepción, ya de la cera, ya de cualquier otro cuerpo, que al mismo tiempo no pruebe con mayor nitidez la naturaleza de mi mente! Ahora bien, existen tantas cosas en la propia mente mediante las cuales se puede percibir con mayor claridad su naturaleza, que todo lo que emana del cuerpo apenas parece digno de mencionarse.
He aquí que he vuelto insensiblemente a donde quería, puesto que, conociendo que los mismos cuerpos no son percibidos en propiedad por los sentidos o por la facultad de imaginar, sino tan sólo por el intelecto, y que no son percibidos por el hecho de ser tocados o vistos, sino tan sólo porque los concebimos, me doy clara cuenta de que nada absolutamente puede ser conocido con mayor facilidad y evidencia que mi mente; pero, puesto que no se puede abandonar las viejas opiniones acostumbradas, es preferible que profundice en esto para que ese nuevo concepto se fije indeleblemente en mi memoria por la reiteración del pensamiento.







EMPIRISMO – Según el empirismo el conocimiento se halla fundado en la experiencia.
Para los empiristas no hay ideas innatas, nuestra mente es como una tabla en blanco (tabula raza).
Uno de los principales empiristas es Hume.
Para Hume hay ideas e impresiones las impresiones están dadas por las sensaciones que experimentamos con las cosas y las segundas son huellas que quedan en el pensamiento de las impresiones que tuvimos antes.
Hay impresiones o ideas simples rojo es una idea o una impresión simple mientras que manzana es una idea o impresión compleja rojo no se puede dividir y manzana si se puede dividir.
Las impresiones son más fuertes y vivaces que las ideas.
Una idea compleja es por ejemplo la idea de montaña de oro porque aunque no tuve la impresión de una montaña de oro si se lo que es una montaña y lo que es el oro. Una idea siempre debe corresponder a una impresión.Hume hace una fuerte crítica a la metafísica porque no tiene contenidos abstractos. Cree que la matemática y las evidencias naturales son los dos únicos conocimientos legítimos. Supongamos que usted le cuenta su experiencia a un amigo, quien le pregunta cómo supo que se trataba de una canilla automática. Usted podría contestar que ha visto muchos grifos en su vida, lo cual le permitió reconocer este grifo. Los grifos que usted vio antes emitían agua siempre que se activaba algún tipo de mecanismo, que en la mayoría de los casos era una canilla; aunque ahora no estaba a la vista, usted supuso que debería haber un modo de activar el grifo también en este caso; etc. Es decir, que su nuevo conocimiento de las canillas automáticas se originó en sus experiencias anteriores con canillas y en esta nueva experiencia.
Recuerde que "experiencia" es un término ambiguo: en este caso se refiere a aquel conocimiento que alcanzamos gracias a nuestros sentidos; es decir aquello que podemos percibir: ver, oler, tocar, gustar, oír; o gracias a nuestra sensación interna: un dolor de cabeza, cosquillas en los pies, etc. También incluye las emociones (alegría, odio, deseo, etc.)
La tesis de que todos nuestros conocimientos se fundan en la experiencia, entendida en este sentido, recibe el nombre de empirismo, y quienes la sostienen se llaman "empiristas". El empirismo tuvo un gran auge en las Islas Británicas (Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda) en los siglos XVII y XVIII.
Hume señala que todo conocimiento proviene en última instancia de las impresiones, y llama "impresiones" a las percepciones más intensas, tanto las de los sentidos (vista, tacto, olfato, etc.), como las de los sentimientos o emociones (amor, odio, deseo, etc.). Por ejemplo, en términos de Hume, si usted ve una canilla cromada, tiene una impresión de esa canilla, pero si la recuerda al día siguiente, entonces tendrá una idea de la canilla. Podemos combinar algunas ideas que tenemos para producir una nueva idea diferente de las anteriores, e incluso una idea que no corresponda a una impresión dada (por ejemplo, podemos tener la idea de sirena o de unicornio). Sin embargo, si analizamos estas ideas, encontraremos que son la suma o combinación de otras que sí corresponden a impresiones (por ejemplo, las impresiones de mujer y de pez; o las impresiones de caballo y cuerno). A la afirmación empirista de que todo conocimiento se origina en la experiencia, se opone, en cambio, el racionalismo, que en la misma época floreció en el continente europeo, especialmente en Francia, Alemania y los Países Bajos (actualmente, Holanda y Bélgica).




Hume, D. Investigación sobre el conocimiento humano, Madrid, Alianza, 1981


"Nada puede parecer, a primera vista, más ilimitado que el pensamiento del hombre que no sólo escapa a todo poder y autoridad humanos, sino que ni siquiera está encerrado dentro de los límites de la naturaleza y de la realidad. Formar monstruos y unir formas y apariencias incongruentes__, no requiere de la imaginación más esfuerzo que el concebir___ objetos más naturales y familiares. Y mientras que el cuerpo está confinado a un planeta a lo largo del cual se arrastra con dolor y dificultad, el pensamiento, en un instante, puede transportarnos a las regiones más distantes del universo; o incluso más allá del universo, al caos ilimitado, donde según se cree, la naturaleza se halla en confusión total. Lo que nunca se vio o se ha oído contar, puede, sin embargo, concebirse. Nada está más allá del poder del pensamiento, salvo lo que implica contradicción _ absoluta.
Pero, aunque nuestro pensamiento aparenta poseer esta libertad ilimitada, encontraremos en un examen más detenido que, en realidad, la mente no viene a ser más que la facultad de mezclar, trasponer, aumentar o disminuir los materiales suministrados por los sentidos y la experiencia […] Cuando pensamos en una montaña de oro, unimos dos ideas compatibles: oro y montaña, que conocíamos previamente […]
En resumen, todos los materiales del pensar se derivan de nuestra percepción interna o externa. La mezcla y composición de esta corresponde sólo a nuestra mente y voluntad.
O, para expresarme en un lenguaje filosófico, todas nuestras ideas o percepciones
más endebles, son copias de nuestras impresiones o percepciones más intensas."






Mientras Descartes procede por deducción para llegar a las verdades Hume lo hace por vía inductiva.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Trabajo de Platón

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martes, 10 de agosto de 2010

PLATÓN Y LA POSIBILIDAD DE UN AUTÉNTICO CONOCIMIENTO

Sócrates y su discípulo Platón fueron acérrimos adversarios de los sofistas. Les preocupaba que hubiese defensores del relativismo y de la idea de que toda opinión puede ser definida con buenos argumentos (sin importar su verdad o falsedad). Puede decirse que Sócrates y Platón fueron dogmáticos. La palabra dogmática suele ser usada en la actualidad para hacer referencia a aquella persona que tiene algunas convicciones muy firmes, que no está dispuesta a que estas convicciones sean criticadas y que, incluso, puede querer imponerlas a los demás. No es ese el sentido que damos a esa palabra cuando afirmamos que Sócrates y Platón fueron dogmáticos, DOGMÁTICO, en este contexto quiere decir: postura que afirma la posibilidad de un conocimiento objetivo.
Para Platón, es posible un auténtico conocimiento (objetivo, necesario, universal) pero ese conocimiento debe referirse a lo que no cambia, a lo que permanece. El saber que surge de los sentidos, de nuestras percepciones, no es auténtico conocimiento. La realidad sensible es siempre cambiante y nuestras sensaciones son siempre subjetivas. Por eso, de esa realidad y de esas sensaciones sólo puede surgir “opinión” (doxa) pero nunca conocimiento o ciencia (episteme). La opinión se caracteriza por ser vacilante, confusa y en ocasiones contradictoria. Si nuestro conocimiento se edificase sobre las cosas sensibles (es decir, sobre las cosas que captamos a través de nuestros sentidos), caeríamos inevitablemente en el relativismo de los sofistas y sería la afirmación de Protágoras según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Pero el verdadero conocimiento es un conocimiento no vacilante ni contradictorio. Es un conocimiento riguroso y estable. No es un saber que surge de nuestros sentidos no se refiere a las cosas sensibles. Por ej. El resultado de una ecuación matemática es una verdad necesaria, objetiva y que vale para siempre. Hay un conocimiento objetivo y válido para todos (universal) Platón justifica la posibilidad de este conocimiento postulando la existencia de dos mundos: el mundo de las ideas o mundo inteligible (que no captamos con nuestros sentidos) y el mundo sensible. Este mundo de las ideas no es un mundo que se encuentre dentro de nosotros sino que existe realmente. Para Platón, las almas conocieron alguna vez el mundo de las ideas. Este mundo es perfecto. Pero al pasar del mundo de las ideas al mundo sensible, las almas olvidaron lo visto. El mundo sensible es sólo una copia imperfecta del mundo inteligible.

IDEAS PERFECTAS Y CONOCIMIENTO A PRIORI

Platón da un ejemplo para ilustrar su filosofía. En el mundo sensible no hay dos cosas perfectamente iguales. Si no hay dos cosas iguales, entonces ¿de dónde hemos sacado nosotros la idea de igualdad matemática? De esta realidad imperfecta no la hemos podido extraer. La idea de igualdad perfecta está en nosotros, en nuestra alma, y al ver dos cosas semejantes recordamos esa idea olvidada. Gracias a que tenemos en nosotros la idea de igualdad perfecta podemos establecer relaciones de mayor o menor semejanza entre las cosas sensibles. Lo mismo sucede con la idea de “belleza”. Reconocemos la belleza (siempre perfecta) de las cosas o de las personas porque está en nosotros la idea de belleza perfecta, de la que las cosas bellas son copias defectuosas.
Lo que distingue al pensamiento platónico es la afirmación de que el auténtico conocimiento es “a priori”, es decir, independiente de la experiencia. La experiencia no puede modificar este conocimiento ni fundamentarlo. Que “2 + 2= 4” es un conocimiento a priori aunque hayamos necesitado de nuestros sentidos para resolver la ecuación (por ej: usando nuestros dedos) y aunque pueda ser aplicada a un problema suscitado en el mundo sensible (por ej: la necesidad de saber cuánto dinero tengo para comprar un alimento).
Para conocer necesitamos ir desprendiéndonos de las apariencias que se presentan en este mundo. Desprendidos de esas apariencias siempre cambiantes, podremos alcanzar el mundo de las ideas. El objeto de conocimiento es el mundo de las ideas (la idea de lo bueno, lo bello, lo justo, las ideas matemáticas). Conocer es, entonces, un recordar el mundo de las ideas que hemos conocido antes de nacer en este mundo. A esta teoría se la ha llamado “teoría de la reminiscencia”.

¿ES POSIBLE CONOCER? DIFERENTES POSTURAS ANTE LA POSIBILIDAD DEL CONOCIMIENTO

Escepticismo: la palabra escepticismo proviene del griego eskeptomai que significa vigilar, examinar cuidadosamente, no confiar en las aparentes certezas, dudar, no afirmar nada precipitadamente.
El escéptico examina cuidadosamente, vigila, no confía en las aparentes certezas, duda, no afirma nada precipitadamente.
La palabra “escéptico” suele ser usada en la actualidad para nombrar a quien no cree en nada o a quién es pesimista. Por ej. Se suele afirmar que muchas personan son escépticas respecto de la política ya que no creen que la política pueda mejorar las condiciones sociales de las personas.
Sin embargo, si consultamos la etimología de esta palabra griega veremos que no significa necesariamente “el que no cree” sino más bien “el que investiga, el que duda”. El escéptico sería entonces aquel que no se deja llevar por lo que dicen los demás, el que duda de las verdades establecidas, el que no acepta como verdad algo que no haya pasado por su propia investigación, por su propia crítica. Más que a la figura del pesimista, el escéptico se parece más, hoy día, a la figura del buen científico, capaz de investigar lo que otros aseguran como verdadero y de ejercer la crítica hacia las propias producciones.
Los escépticos antiguos (al igual que los sofistas) niegan la posibilidad del conocimiento objetivo. Es una postura filosófica que se desarrollo en Grecia entre los S. IV y II a.c.
Sólo podemos saber cómo es la realidad para nosotros, pero no podemos nunca saber cómo es la realidad en sí misma. Sólo conocemos lo que sentimos y tal como lo sentimos. Por ej. Sentimos que el fuego nos quema o que la miel es dulce. Pero nuestras sensaciones no nos autorizan a afirmar que la realidad es así como la percibimos. La dulzura es el resultado del contacto de la miel con mi paladar. El ardor surge como resultado del contacto del fuego con mi piel. Sé, entonces cómo son esas cosas para mí pero no puedo asegurar cómo son en sí mismas. Puedo afirmar que la miel es dulce para mí, pero no puedo afirmar que la miel es dulce. Puedo afirmar que el fuego es ardiente. Es decir, no tengo posibilidad de adjudicar a esas cosas las propiedades que surgen de mi relación con ellas. Y como sólo podemos relacionarnos con la realidad a través de nuestros sentidos, nuestro conocimiento de esa relación es siempre subjetivo.

La propuesta esceptica de suspender el juicio

Sí sólo puedo saber cómo son las cosas para mí, pero no puedo saber cómo son en sí mismas, entonces, debo abstenerme de pronunciar afirmaciones que pretendan asegurar una verdad objetiva. La propuesta escéptica consiste en suspender todo juicio objetivo sobre la realidad. Eso no quiere decir que el escéptico niegue lo que siente: si siente frío afirmará que siente frío, pero se abstendrá de afirmar algo sobre el frío en sí. Dirá “siento frío” pero no dirá “este día es frío”.
No se pueden formular juicios que pretendan afirmar verdades objetivas. Si uno no cree en verdades objetivas ya no se preocupará por hallarlas. Tampoco sentirá la necesidad de defender ante los demás sus propias opiniones. El resultado de esta actitud es la “paz del alma”. El escéptico no entra en conflicto consigo mismo ni con sus semejantes.
En la historia del pensamiento occidental Pirrón de Elis es el representante más extremo del escepticismo (griego que vivió entre los años 360 y 270 a.c.)no fundó una escuela pero tuvo muchos seguidores y aunque no dejo nada escrito, es un importante exponente de esta postura.
Para Pirrón, nuestras percepciones o nuestros pensamientos no son ni verdaderos ni falsos. Y nada es realmente bueno o malo. Ni siquiera debemos creer que algo existe o no existe. No debemos pensar en nada definido ni hacer ninguna afirmación positiva o negativa. El ideal consiste en el silencio y en la suspensión del juicio, cuando nuestra mente se halle perfectamente equilibrada, de modo tal que no afirmemos ni neguemos nada, entonces se seguirá necesariamente la tranquilidad del alma.
Pirrón decidió llevar la suspensión del juicio a sus máximas consecuencias: decidió no hablar. A Pirrón le practicaron dos operaciones quirúrgicas en una época en que no existían los anestésicos. Soportó estas operaciones sin gritar, ni quejarse, ya que gritar hubiera sido equivalente a afirmar “me duele”, hubiera sido equivalente a afirmar algo, cosa que su propia filosofía le impedía.

Gorgias dice: “no existe la verdad y si existiera el hombre no sería capaz de conocerla y si la conociera no sería capaz de comunicarla”.
Los escépticos consideran que las cosas del mundo son inestables y que no se puede alcanzar la verdad.
La única actitud correcta que el hombre puede asumir es permanecer sin opinión pues al dar un juicio ya se estaría dando una opinión, toda opinión es un juicio y no se puede afirmar ni negar nada con absoluta certeza.

Sexto Empírico médico y filósofo griego de principios del siglo III después de Cristo, decía “siempre que buscamos si el objeto es tal como nos aparece, concedemos que aparece. No ponemos en duda el fenómeno sino lo que se dice del fenómeno y esto es diferente del fenómeno mismo así la miel nos parece dulce, lo admitimos porque tenemos la sensación de dulzura, no investigamos si la miel es dulce por esencia, porque esto no es un fenómeno sino un juicio sobre el fenómeno.”


Suspender el juicio es saber que toda supuesta verdad es solo provisional y que depende de las apariencias circunstanciales.
El escepticismo no cree en las instituciones, no tiene confianza en proyectos políticos ni en los principios éticos ni en la posibilidad de un fundamento religioso.
Se opone al dogmatismo que dice que es imposible conocer además el escepticismo cuestiona y duda de las aparentes verdades.


Relativismo: es la postura que considera que no podemos conocer nada de manera absoluta, todos los juicios y verdades son relativas a los sujetos, a la época, a las circunstancias y a la cultura.
Niega la verdad absoluta y el valor moral, esta doctrina filosófica establece relaciones de dependencia y no se llega al conocimiento absoluto.
Toda afirmación depende del sujeto y del contexto.
Hay muchas respuestas para una misma cuestión. Para el relativismo no hay verdades reconocidas por todos y esto determina en el plano de la acción, la falta de criterios firmes para evaluar y elegir.
Para el relativismo la verdad depende del sujeto. No hay verdad universal ni objetiva, sino subjetiva. Es imposible conocer la verdad
Puede haber relativismo en cuanto a lo moral, cultural y a lo lingüístico
En la filosofía occidental, su primera expresión esta en Protágoras, sofista contemporáneo de Sócrates, que afirmaba “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son, porque para uno son y parecen, ciertas cosas y para el otro otras". Esto significa que cada individuo tiene su modo de percibir la realidad y su visión de ella. El conocimiento es relativo a cada sujeto. Cada individuo, según sus percepciones, construye su verdad sobre la realidad. Y las verdades a las que arriba cada sujeto, a partir de sus percepciones, son válidas. Si dos personas, no coinciden en la manera de ver un determinado aspecto de la realidad, no es que una tenga razón y la otra no. Las dos personas tienen el mismo derecho a sostener su verdad. El término hombre, en esta afirmación deber ser entendido también como ser social. El individuo no es un ser aislado sino que vive en sociedad y es esa sociedad la que decide qué es lo bueno, lo justo o lo santo. Cada individuo puede mantener sus propias verdades en el modo de percibir la realidad pero esto no es posible en lo que atañe a la moral, a lo jurídico y a lo religioso. Es cada sociedad la que define y determina estos valores. Los valores son relativos pero no a cada individuo sino a cada comunidad. Por ejemplo, venerar a un Dios determinado podría llegar a ser correcto en una comunidad pero no en otra. Protágoras es consciente de que en estas cuestiones debe primar la sociedad por sobre el individuo pues si cada uno decidiera lo que es justo sería imposible la convivencia.
Los sofistas son relativistas. Protágoras es uno de los principales sofistas. Iban de ciudad en ciudad enseñando cuestiones referidas a lo político. Utilizaban el arte de la persuasión, la oratorio (dar buenos discursos) y la retórica.
Fueron maestros en la enseñanza de la virtud o areté.
Había que formar hombres para vivir en la democracia. Ellos eran expertos en el arte de persuadir y convencer a los otros, Protágoras afirmaba que el objetivo de sus enseñanzas era convertir a los hombres en buenos ciudadanos, es decir en excelente ciudadanos.
Fueron profesionales de la enseñanza, cobraban importantes sumas de dinero.
Fueron maestros con proyectos bien definidos y sistemáticos de educación y enseñaban con el fin de proporcionar técnicas de discusión y de elocuencia a los jóvenes, es decir técnicas encaminadas al dominio de la palabra para que fueran capaces de refutar (tirar abajo) al adversario político con el poder de la palabra.
Eran individualistas. Consideran al individuo como fundamento y fin de todas las leyes morales y políticas. También eran relativistas, es decir que rechazan toda verdad absoluta y declaran que la verdad o mejor dicho la validez del juicio dependen de las condiciones o circunstancias en las que se está enunciando.
Eran llamados Sofistas en sentido peyorativo, es decir “falsos sabios” porque utilizaban sofismas para razonar.
Los más destacados fueron: Protágoras, Gorgias, Hipias, Pródico, Critias y otros.

Aspectos positivos de los sofistas
Creían que la buena voluntad es suficiente para conseguir la felicidad y conocer la verdad. Frustraban enormemente con sus palabras a sus competidores. Eran muy criticados por Sócrates que se oponía radicalmente a ellos.
Enseñaban el arte de la retorica, y lo hacían mediante la remuneración, fueron los primeros en hacer paideia es decir pedagogía.
Independientemente del tema que trataban, eran hábiles en la persuasión
Hicieron una crítica a las instituciones de época,
Para la sociedad griega, la existencia de la naturaleza como creadora, generadora del saber, de valores, de leyes, se contrapone la postura sofista donde la originalidad radica en afirmar que la mayoría de las leyes son resultado de convencionalismos entre los propios hombres.
Su mayor aporte fue iniciar una reflexión sobre las estructuras políticas y jurídicas de la época, además de los comportamientos morales del ciudadano, preparaban a los jóvenes para hablar con elocuencia, su saber era práctico, útil para la vida del ciudadano para la correcta discusión de las leyes, consideraban que hay que enseñar a buscar una posible verdad, no como certeza sino para mejorar los juicios , de ahí deriva la gran importancia dada a la retórica y a la elocuencia.
Todo lo cuestionan y nada es aceptado tal cual es porque todo depende del sujeto, las verdades son parciales no absolutas por eso no daban una única respuesta para las preguntas.



Dogmatismo: Antes hacía referencia a juicios considerados verdaderos y sobre los que se podía construir una doctrina. Posteriormente la palabra dogma adquirió el carácter de verdad inamovible e incuestionable que se acepta como obvia o como principio de autoridad.
En este sentido podemos hablar de posición dogmática no solo en cuestiones religiosas sino también en cuestiones políticas o científicas.
En el interior de la actitud dogmática hay una resistencia al cambio, se sobrevalora el criterio de autoridad de la tradición como pauta de discernimiento entre lo verdadero y lo falso, se apela al papel legitimador de las costumbres y en especial de las buenas costumbres.
Cuando en la reflexión acerca del conocimiento usamos la palabra dogmatismo, nos referimos a la actitud de confianza en las verdades sostenidas las cuales sirven de fundamento a un sistema de pensamiento, sin pasar por un examen crítico, admite que es posible conocer, confía en la razón como fuente de conocimiento y plantea que el sujeto puede conocer al objeto tal cual es.
Dogma: es una verdad absoluta incuestionable que no se pone en duda.
El dogmatismo se opone al escepticismo
La palabra dogmatismo proviene de la palabra dogma que es verdad incuestionable, hace referencia a juicios considerados verdaderos y sobre los cuales se puede construir una doctrina.
No solo podemos hablar de posición dogmática en la religión sino que también en cuestiones políticas y científicas.
En el interior de la actitud dogmática hay una resistencia el cambio, se sobrevalora el criterio de autoridad de la tradición como pauta de discernimiento entre lo verdadero y lo falso, se apela al papel legitimados de las costumbres y en especial de las buenas costumbres.
Cuando en la reflexión acerca del conocimiento usamos la palabra dogmatismo, nos referimos a la actitud de confianza en las verdades sostenidas de las cuales sirven de conocimiento a un sistema de conocimiento sin pensar un examen crítico.
El dogmatismo admite que es posible conocer y que el sujeto se puede conocer tal cual es.

TEORIA DEL CONOCIMIENTO

El nombre teoría del conocimiento es relativamente reciente, hace apenas unos cien años que se lo usa, el nombre que se utilizaba con anterioridad es GNOSEOLOGIA. Su objeto es el conocimiento mismo, nosotros conocemos las cosas y de esta manera ejecutamos el conocimiento. Cuando conocemos una célula o un ser vivo, el objeto de estudio es la célula o ese ser vivo. La teoría del conocimiento en cambio no tiene por objeto las cosas que se conocen sino que, su objeto, es estudiar el conocimiento mismo, el conocimiento como fenómeno.
La gnoseología o teoría del conocimiento es la disciplina filosófica que reflexiona acerca del conocimiento en general. Se pregunta si es posible el conocimiento, cuales son los límites del conocimiento, como es posible pensar del conocimiento de lo particular y concreto al concepto que es universal.
El conocimiento es una actividad que siempre involucra a alguien que es el sujeto, que es quien conoce y a un objeto que es el cognoscible, es decir que se deja conocer.
Se ha planteado como problema en todas las épocas y en cada una se ha acentuado el papel del objeto o el papel del sujeto que conoce y se ha interpretado ese vínculo entre ambos de manera diferente.
En la interpretación tradicional, el conocimiento es visto como una relación entre un sujeto cognoscente y un objeto por conocer en la cual el primero busca aprehender el objeto pero en ese vínculo ambos están separados, se dice que uno está trascendente (mas allá) respecto del otro. El objeto no se modifica en el acto de conocimiento en cambio el sujeto si porque incorpora las características del objeto.
En la interpretación moderna se acentúa el protagonismo del sujeto, el conocimiento se propone como una composición entre las estructuras cognoscitivas del sujeto y lo que aporta el objeto.
O bien se lo plantea como una relación dialéctica en la que ambos se implican mutuamente ya que a medida que se transforma el punto de vista del sujeto se transforma lo que el objeto muestra.
En nuestra época el conocimiento es estudiado por la fenomenología porque es considerado fenómeno que se manifiesta en nuestra experiencia.
Se trata de describir el fenómeno del conocimiento buscando identificar los elementos que lo componen ¿Es posible conocer? ¿Es posible de alcanzar verdades legítimas?


Descripción fenomenológica del conocimiento

CONOCER es captar las características de un objeto y guardarlas en nuestra memoria quien estudia el conocimiento es la teoría del conocimiento que antes era gnoseología.
Según Hartmann el conocimiento es un fenómeno por eso se habla de fenomenología.

-En todo conocimiento hay un sujeto que conoce y un objeto conocido. La relación existente entre ambos, es el conocimiento mismo. Están frente a frente.
-El ser sujeto como tal, existe solo para un objeto, el ser objeto como tal existe solo para un sujeto. Los dos son lo que son solo recíprocamente.
-Sujeto y objeto no permutan en la misma relación, su función es esencialmente diferente, esta relación es bilateral pero no invertible.
-La función del sujeto es aprehender el objeto, la del objeto la posibilidad de ser aprehendido por el sujeto, por eso hablamos de sujeto cognoscente y objeto cognoscible.
-Visto desde el sujeto, el aprehender se describe como la salida del sujeto de su esfera para captar las características escenciales del objeto.
-Solo fuera de si mismo puede el sujeto captar las determinaciones del objeto.
El objeto al ser aprehendido sigue siendo algo exterior al sujeto es decir “objetus”, puesto frente. El sujeto no puede captar el objeto sin salir de si mismo, sin trascender, y no puede tener conciencia de lo captado sin volver a si mismo, sin volver a su esfera.
- La función del conocimiento se presenta como un acto de tres fases: salida, estar fuera y retorno a si del sujeto.
- El sujeto cambia si aprehende, pero el objeto queda intacto, las determinaciones del objeto no se alteran por haber sido captado e incorporado a la esfera del sujeto.
- En el objeto no surge nada nuevo, mientras que en el sujeto nace la conciencia del objeto con su contenido que es la imagen del objeto.
-Cuando el sujeto comprende que tomó al objeto por algo que no es, o bien que el objeto se le presentó como algo que no era, se advierte un error o ilusión (…)


En el conocimiento se da una relación, un contacto no físico sino espiritual, de trascendencia, el objeto es trascendente al sujeto, está más allá de la esfera del sujeto, sea que se trate de objetos reales o de objetos ideales. Este carácter trascendente tiene una excepción y es cuando el objeto de conocimiento son los actos psíquicos, en este caso no hay trascendencia sino inmanencia al propio sujeto.

Pasaje del mito al logos
En la Antigua Grecia se produce el fenómeno conocido como pasaje del mito al logos. Entre otros factores, este hecho se lleva a cabo en gran medida gracias a las condiciones de comerciantes de los griegos. Debido a esto, se encontraban en constantes viajes, cosa que propició el intercambio cultural, haciendo que se cuestionen su religión, que por otra parte no era represiva, lo que toleraba los nuevos puntos de vista.
Estos nuevos planteos sobre el mundo, nacidos del tiempo de ocio que llevó a una contemplación especulativa del mundo circundante (que se pregunta el por qué de las cosas), desembocó finalmente en el nacimiento del pensamiento filosófico.
Los primeros en abordar los temas filosóficos son los conocidos filósofos presocráticos, que abren el primer período del pensamiento racional: el período cosmológico.


Periodo cosmológico
El primer gran período de la filosofía comienza por cuestionarse el orden de la naturaleza y el universo, buscando dos conceptos claves: Arkhé, elemento que es origen y sustrato de todo y Physis, la naturaleza y su orden.
Esta etapa de la filosofía es conocida como el período cosmológico. Los filósofos de éste período se dividen en monistas o pluralistas dependiendo de si su arjé es un elemento único o diversos elementos.
En esta cuestión los filósofos que problematizan son conocidos como Presocráticos.


Periodo antropológico
A diferencia del período cosmológico en esta etapa del desarrollo de la filosofía antigua, vemos como se cambia el objeto principal de la contemplación filosófica.
Si los intereses en el período anterior se centraban en la naturaleza y su composición, en descubrir la verdad oculta en ella y su elemento primordial, ahora se cambia el enfoque. Tras la multitud de teorías planteadas por los filósofos presocráticos, los filósofos siguientes abandonan las cuestiones naturales para dar una gran importancia al ser humano, al lenguaje, la sociedad, la vida en la polis y la política.

Explicaciones mitológicas:
- Los mitos son narraciones con las cuales se pretende explicar el origen del mundo de cualquier aspecto importante de la cultura de un pueblo, narraciones cuyos protagonistas son dioses o fuerzas naturales (la noche, el sol).
- En el pensamiento mítico se personifica y divinizan las fuerzas y fenómenos naturales haciéndose responsable a los dioses.
- Y como consecuencia se entiende que el acontecer universal es en gran medida arbitrario, ya que sucede por la voluntad de los dioses
- Recurre a entes ficticios

Explicaciones racionales
- Distinta y contrapuesta a las explicaciones mitológicas-religiosas
- El surgimiento del pensamiento occidental se califica a menudo como paso del mito al logos
Logos significa razón y significa también explicaciones racionales
- Se basa en argumentos, cuestiona
- Recurre a entes empíricos
- Se verifican sus afirmaciones
- No se minimiza la fuerza de la naturaleza

Hay quienes actualmente no encuentran esta diferencia tan tajante entre explicaciones míticas y racionales considerando que en los mitos hay una cuota importante de racionalidad