Sócrates y su discípulo Platón fueron acérrimos adversarios de los sofistas. Les preocupaba que hubiese defensores del relativismo y de la idea de que toda opinión puede ser definida con buenos argumentos (sin importar su verdad o falsedad). Puede decirse que Sócrates y Platón fueron dogmáticos. La palabra dogmática suele ser usada en la actualidad para hacer referencia a aquella persona que tiene algunas convicciones muy firmes, que no está dispuesta a que estas convicciones sean criticadas y que, incluso, puede querer imponerlas a los demás. No es ese el sentido que damos a esa palabra cuando afirmamos que Sócrates y Platón fueron dogmáticos, DOGMÁTICO, en este contexto quiere decir: postura que afirma la posibilidad de un conocimiento objetivo.
Para Platón, es posible un auténtico conocimiento (objetivo, necesario, universal) pero ese conocimiento debe referirse a lo que no cambia, a lo que permanece. El saber que surge de los sentidos, de nuestras percepciones, no es auténtico conocimiento. La realidad sensible es siempre cambiante y nuestras sensaciones son siempre subjetivas. Por eso, de esa realidad y de esas sensaciones sólo puede surgir “opinión” (doxa) pero nunca conocimiento o ciencia (episteme). La opinión se caracteriza por ser vacilante, confusa y en ocasiones contradictoria. Si nuestro conocimiento se edificase sobre las cosas sensibles (es decir, sobre las cosas que captamos a través de nuestros sentidos), caeríamos inevitablemente en el relativismo de los sofistas y sería la afirmación de Protágoras según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Pero el verdadero conocimiento es un conocimiento no vacilante ni contradictorio. Es un conocimiento riguroso y estable. No es un saber que surge de nuestros sentidos no se refiere a las cosas sensibles. Por ej. El resultado de una ecuación matemática es una verdad necesaria, objetiva y que vale para siempre. Hay un conocimiento objetivo y válido para todos (universal) Platón justifica la posibilidad de este conocimiento postulando la existencia de dos mundos: el mundo de las ideas o mundo inteligible (que no captamos con nuestros sentidos) y el mundo sensible. Este mundo de las ideas no es un mundo que se encuentre dentro de nosotros sino que existe realmente. Para Platón, las almas conocieron alguna vez el mundo de las ideas. Este mundo es perfecto. Pero al pasar del mundo de las ideas al mundo sensible, las almas olvidaron lo visto. El mundo sensible es sólo una copia imperfecta del mundo inteligible.
IDEAS PERFECTAS Y CONOCIMIENTO A PRIORI
Platón da un ejemplo para ilustrar su filosofía. En el mundo sensible no hay dos cosas perfectamente iguales. Si no hay dos cosas iguales, entonces ¿de dónde hemos sacado nosotros la idea de igualdad matemática? De esta realidad imperfecta no la hemos podido extraer. La idea de igualdad perfecta está en nosotros, en nuestra alma, y al ver dos cosas semejantes recordamos esa idea olvidada. Gracias a que tenemos en nosotros la idea de igualdad perfecta podemos establecer relaciones de mayor o menor semejanza entre las cosas sensibles. Lo mismo sucede con la idea de “belleza”. Reconocemos la belleza (siempre perfecta) de las cosas o de las personas porque está en nosotros la idea de belleza perfecta, de la que las cosas bellas son copias defectuosas.
Lo que distingue al pensamiento platónico es la afirmación de que el auténtico conocimiento es “a priori”, es decir, independiente de la experiencia. La experiencia no puede modificar este conocimiento ni fundamentarlo. Que “2 + 2= 4” es un conocimiento a priori aunque hayamos necesitado de nuestros sentidos para resolver la ecuación (por ej: usando nuestros dedos) y aunque pueda ser aplicada a un problema suscitado en el mundo sensible (por ej: la necesidad de saber cuánto dinero tengo para comprar un alimento).
Para conocer necesitamos ir desprendiéndonos de las apariencias que se presentan en este mundo. Desprendidos de esas apariencias siempre cambiantes, podremos alcanzar el mundo de las ideas. El objeto de conocimiento es el mundo de las ideas (la idea de lo bueno, lo bello, lo justo, las ideas matemáticas). Conocer es, entonces, un recordar el mundo de las ideas que hemos conocido antes de nacer en este mundo. A esta teoría se la ha llamado “teoría de la reminiscencia”.
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